Realidad Profesional | Revista del Consejo Profesional de Ciencias Económicas de la Provincia de Buenos Aires y su Caja de Seguridad Social
La profesión contable atraviesa una transformación profunda impulsada por la inteligencia artificial, la automatización y la digitalización. En este escenario, el valor del contador ya no se define solo por la técnica, sino por su capacidad de gestionar emociones, comunicarse con claridad y acompañar la toma de decisiones en las organizaciones. Las habilidades blandas —escucha, empatía, liderazgo— se convierten en el activo invisible que sostiene la confianza con clientes y equipos. En tiempos de IA, recordar que detrás de cada número hay una persona es lo que vuelve al profesional verdaderamente indispensable. Aquí, la Dra. Rivarola profundiza en este cambio de paradigma y ofrece herramientas concretas para fortalecer la inteligencia emocional en el ejercicio profesional.
Dra. Celia Rivarola
Contadora Pública (10-15054-4,
La profesión contable está atravesando un momento de transformación profunda. La irrupción de la inteligencia artificial, la automatización de procesos y la digitalización de tareas que antes requerían horas de dedicación, nos enfrenta a una pregunta central: ¿Qué lugar ocupa el ser humano cuando la tecnología parece poder hacerlo todo?
Durante los últimos años, escuchamos hablar del futuro de nuestra profesión, de la necesidad de adaptarnos y de incorporar nuevas herramientas digitales. Pero en medio de ese avance tecnológico, hay una habilidad que se vuelve cada vez más valiosa: la Inteligencia Emocional. Somos expertos en medir y registrar, pero pocas veces nos detenemos a tomar registro de cómo nos sentimos.
Y es que, mientras los sistemas aprenden a reconocer patrones, los profesionales en Ciencias Económicas necesitamos reconocer emociones: las propias, las de nuestros equipos y las de nuestros clientes. ¿Para qué? Para responder en lugar de reaccionar, acompañar con mayor claridad, tomar decisiones más humanas y generar vínculos de confianza que ninguna inteligencia artificial puede reemplazar.
Tradicionalmente, el valor de la tarea del contador estaba asociado al conocimiento técnico: dominar la normativa, presentar en tiempo y forma, asegurar la precisión de los números. Hoy, ese valor es necesario, pero ya no alcanza.
Si bien las herramientas tecnológicas nos liberan de muchas tareas operativas, nos invitan a desarrollar otras: la comunicación efectiva, la empatía, la gestión del estrés, la capacidad de escucha y el liderazgo emocional.
En este nuevo escenario, el contador deja de ser solo quien informa resultados para convertirse en quien acompaña la toma de decisiones. Es el profesional que no solo interpreta balances, sino también contextos humanos. Porque detrás de cada empresa, hay personas con miedos, expectativas y emociones que influyen tanto como los números.
En un mundo que mide casi todo, las habilidades blandas son el capital que todavía no aprendimos a registrar, pero que marca toda la diferencia. Porque, aunque no aparezcan en los balances, son los activos invisibles que sostienen los resultados visibles: la confianza de un cliente, la cohesión de un equipo, la calma en medio de los vencimientos.
Llamamos habilidades blandas a aquellas que no se aprenden en la facultad, pero que definen el modo en que ejercemos la profesión. Son la base del vínculo de confianza que creamos con quienes nos rodean. En mi experiencia acompañando a profesionales en procesos individuales y en equipos de estudios contables, observo que la dificultad no está en la técnica, sino en la gestión emocional que exige nuestro trabajo: manejar la presión de los cierres, sostener la calma ante la incertidumbre y comunicarse con empatía con los clientes.
Un cliente puede olvidar una cifra, pero nunca va a olvidar cómo lo hiciste sentir en un momento difícil; un equipo puede enfrentar presión, pero responderá mejor si quien lidera transmite calma y claridad.
Las habilidades blandas son, en definitiva, lo que nos vuelve humanamente competentes. Y desarrollar inteligencia emocional no es algo abstracto: se entrena, se aprende y se expande con práctica y autoconocimiento.
Gestionar emociones no significa evitar sentir, sino reconocer, comprender y regular lo que nos pasa para responder de forma más consciente. Un profesional emocionalmente equilibrado no solo es más productivo, sino también más claro y empático.
A continuación, comparto algunas prácticas simples que pueden marcar una diferencia en el día a día profesional:
1. Escucha activa: cuando el cliente habla, prestá atención también a lo que no dice. Detectar su preocupación real te permite asesorar mejor y fortalecer el vínculo profesional.
2. Autorregulación emocional: identificá tus emociones antes de actuar. Si reconocés tu propio estrés, podrás responder con mayor claridad ante situaciones de presión.
3. Comunicación empática: traducir lo complejo a lo claro también es una muestra de empatía. Explicarle a un cliente sin tecnicismos y con paciencia lo que necesita saber, mejora el vínculo y evita malentendidos.
4. Liderazgo emocional: tener un estudio o coordinar un equipo implica más que distribuir tareas; es sostener el clima emocional del grupo. Escuchar, contener y reconocer los logros fortalece la motivación colectiva. El liderazgo no se trata de motivar a todos, sino de generar un ambiente donde las personas quieran dar lo mejor de sí.
5. Presencia consciente: en un trabajo con tanto foco en lo urgente, parar un momento también es productividad. Pausar para revisar, antes de iniciar el día o entre tareas, tomar tres respiraciones profundas y preguntarse: ¿En qué estado estoy trabajando hoy? Hacer pequeñas pausas para respirar o estirarte te ayuda a enfocar mejor y a responder con mayor claridad.
La inteligencia artificial llegó para quedarse. Puede procesar datos en segundos, anticipar escenarios y facilitar decisiones. Pero hay algo que no puede reemplazar: la conexión humana.
La inteligencia emocional sigue siendo la que nos permite construir confianza, sostener conversaciones difíciles, inspirar a otros y tomar decisiones con sentido. Por eso, en tiempos de IA, recordar el valor de la IE es más que una invitación: es una necesidad. Porque detrás de cada número, siempre hay una historia. Y detrás de cada historia, una persona que necesita ser escuchada.
La inteligencia artificial puede ayudarnos a calcular. Pero la inteligencia emocional es la que nos permite acompañar, conectar y liderar con sentido. Y ese, sin dudas, seguirá siendo nuestro diferencial más valioso.
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