Si bien la captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos fue un hecho de alto impacto político, el mercado petrolero reaccionó sin sobresaltos y los precios se mantuvieron estables. Es que Venezuela, pese a sus enormes reservas, tiene en la actualidad una incidencia limitada en la oferta global. La brecha entre potencial y realidad se explica por años de subinversión, sanciones, deterioro institucional y caída de la infraestructura, que redujeron su producción a niveles marginales. En esta nota, el Dr. Pablo Bolino analiza por qué un evento político de gran magnitud no se tradujo en un shock inmediato, qué variables conviene seguir para interpretar su impacto y cómo cambian las perspectivas económicas según los distintos escenarios.

ARTÍCULO PUBLICADO EL 2026-01-16
Edición N. 149 - Enero / Febrero 2026

NOTAS DE AUTOR

Dr. Pablo Bolino Dr. Pablo Bolino Licenciado en Economía (Tomo 2, Folio 239,
Consejo Profesional de Ciencias Económicas
de la Provincia de Buenos Aires)

Integrante de la Comisión Provincial de Economía
de este Consejo Profesional

La captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos constituye uno de los movimientos geopolíticos más significativos de los últimos años en América Latina. Sin embargo, contra lo que cabría esperar tratándose del país con las mayores reservas probadas de crudo del mundo, el episodio apenas alteró los equilibrios inmediatos de la economía global. Los mercados reaccionaron con cautela, y el precio del petróleo se mantuvo estable. Esta respuesta moderada no refleja indiferencia, sino una lectura más sofisticada: Venezuela dejó de ser un actor relevante en el corto plazo, aunque su evolución sigue siendo estratégica en el horizonte de mediano y largo plazo.

Con cerca de 300.000 millones de barriles de reservas —alrededor del 17 % del total mundial— Venezuela encabeza los rankings geológicos del sector energético. Pero la distancia entre potencial y realidad es profunda. La producción actual oscila entre 800.000 y 1,1 millones de barriles diarios, poco más del 1 % del suministro global y muy lejos de los niveles superiores a los 3 millones de barriles diarios registrados en la década de 1990. Años de subinversión, sanciones internacionales, deterioro institucional y colapso de la infraestructura redujeron al país a una posición marginal dentro del mercado petrolero.

Este contexto explica por qué la captura de Maduro no provocó un repunte brusco en los precios del crudo. En los días posteriores al anuncio, el Brent —referencia internacional— se mantuvo en el entorno de los 60–61 dólares por barril, con variaciones leves e incluso descensos cercanos al 0,5 %. El WTI, referencia estadounidense, mostró una dinámica similar, operando alrededor de los 57–58 dólares. Para los inversores, el episodio no constituyó una amenaza inmediata a la oferta global, sino un evento político cuyos efectos económicos serían, en el mejor de los casos, graduales.

La captura de Nicolás Maduro reactivó lecturas geopolíticas en la región y abrió interrogantes sobre el futuro energético de Venezuela.

La reacción contenida del mercado también refleja un factor estructural más amplio: el petróleo atraviesa una fase de relativa holgura. Proyecciones de bancos internacionales y agencias energéticas anticipan que en 2026 el mercado podría registrar un superávit de entre 2,5 y 3 millones de barriles diarios. En ese escenario, incluso una recuperación parcial de la producción venezolana tendría un impacto limitado sobre los precios en el corto plazo.

Donde sí se observaron movimientos más claros fue en los mercados financieros. Acciones de compañías energéticas y del sector defensa registraron subas moderadas, impulsadas por expectativas de cambios regulatorios y oportunidades de inversión futuras. Los bonos venezolanos, por su parte, mostraron una recuperación especulativa, alimentada por la posibilidad de una reestructuración de deuda en un eventual proceso de transición política. En ambos casos, los movimientos reflejan apuestas a escenarios de largo plazo más que fundamentos económicos inmediatos.

La producción actual oscila entre 800.000 y 1,1 millones de barriles diarios, poco más del 1 % del suministro global.

De cara al futuro, los analistas suelen agrupar las perspectivas en tres grandes escenarios. El escenario base —considerado el más probable— asume una normalización política lenta y una recuperación productiva gradual. Bajo estas condiciones, el precio del Brent se movería en un rango moderado, entre 58 y 70 dólares por barril hacia el final de la década. Se trata de un entorno compatible con un crecimiento económico global moderado y sin presiones inflacionarias significativas.

Un escenario alcista implicaría una mayor escalada geopolítica regional, tensiones persistentes o retrasos en la inversión energética a nivel global. En ese contexto, el Brent podría escalar hacia la zona de 80–85 dólares por barril, reintroduciendo presiones inflacionarias sobre transporte, alimentos y energía, especialmente en las economías importadoras.

El escenario bajista, en cambio, combina una desaceleración del crecimiento mundial con una recuperación parcial pero sostenida de la producción venezolana y una sobreoferta estructural. En este caso, el precio del crudo podría descender hacia niveles de 47–50 dólares por barril, beneficiando a los países importadores, pero complicando la sostenibilidad fiscal de las economías altamente dependientes de los ingresos petroleros.

El petróleo venezolano combina potencial geológico y límites operativos: la brecha entre reservas y producción explica por qué su peso en el mercado energético es menor al esperado.

En América Latina, los efectos de estos escenarios son marcadamente heterogéneos. Países importadores netos de energía, como Chile y Perú, se benefician de precios más bajos a través de menores costos energéticos y menor presión inflacionaria. Argentina, con un perfil intermedio, también obtiene cierto alivio macroeconómico en contextos de precios moderados. En contraste, economías como Colombia —y en menor medida Brasil— presentan una alta sensibilidad al precio del petróleo, por lo que un escenario bajista prolongado podría tensionar sus cuentas fiscales y desalentar la inversión en el sector.

Desde una perspectiva global, el episodio venezolano ofrece una lección clara para los mercados: el petróleo ya no reacciona automáticamente a los eventos políticos, sino a la capacidad efectiva de producción, inversión y gobernanza. Venezuela dejó de ser un factor disruptivo inmediato porque hoy no puede transformar su riqueza geológica en oferta real.

Venezuela dejó de ser un factor disruptivo inmediato porque hoy no puede transformar su riqueza geológica en oferta real.

Sin embargo, el verdadero punto de atención no está en el presente, sino en el futuro. Si el país lograra estabilizar su marco político, atraer capital extranjero y reconstruir su infraestructura energética, podría volver a producir entre 2 y 2,5 millones de barriles diarios en la próxima década. Ese regreso sí tendría el potencial de reconfigurar el mercado energético global, presionando a la baja los precios y alterando el equilibrio entre la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), Estados Unidos y los grandes consumidores asiáticos.

En definitiva, la captura de Maduro no sacudió al mercado petrolero porque el mundo ya había descontado la irrelevancia productiva actual de Venezuela. El verdadero terremoto económico no sería su caída política, sino su eventual regreso como potencia energética. Ese es el escenario que los mercados observan con atención contenida, conscientes de que, en el negocio del petróleo, la influencia no se mide por reservas, sino por la capacidad real de producirlas.

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