Realidad Profesional | Revista del Consejo Profesional de Ciencias Económicas de la Provincia de Buenos Aires y su Caja de Seguridad Social
En verano, el ritmo cambia: hay más luz, rutinas más flexibles y una sensación —a veces engañosa— de que “hay tiempo”. Pero para muchos profesionales, el descanso convive con pendientes, mensajes de clientes y tareas que se acumulan para después. En ese escenario, pensar el tiempo como un recurso económico ayuda a mirar el día con más criterio: la escasez obliga a elegir y cada “sí” tiene un costo de oportunidad. Además de los gastos hormiga, existen los “tiempos hormiga”: pequeñas fugas que parecen irrelevantes, pero que se repiten —notificaciones, audios extensos, urgencias ajenas—. Esa repetición fragmenta la atención y encarece el trabajo mental: cambiar de tarea tiene un costo y, con calor y desgaste, se nota más. Descansar, entonces, no es solo dejar de trabajar: es recuperar capacidad. En esta nota, revisamos el vínculo entre interrupciones, desgaste y rendimiento, y sugerimos herramientas mínimas para planificar mejor el receso.
En verano se cambia el ritmo. Hay días más largos, rutinas más flexibles, agendas que se aflojan y una sensación —a veces engañosa— de que “hay más tiempo”. Sin embargo, para muchos profesionales, el descanso convive con asuntos pendientes, clientes que escriben igual, y tareas que se acumulan para “cuando vuelva”. En ese contexto, pensar el tiempo como un recurso económico puede ser más útil que cualquier frase motivacional: porque el tiempo, al igual que el dinero, se asigna, se pierde, se invierte y también se malgasta.
La economía lo explica con una idea sencilla: la escasez obliga a elegir. Y elegir implica renunciar a otra cosa. Ese costo invisible tiene nombre: costo de oportunidad. Cuando decís que sí a un trámite o te prestás al “lo resolvemos rápido”, quizás estás diciendo que no a una tarde de descanso real, a tiempo con tu familia, a realizar actividad física o a ponerle un freno a la rutina. El verano no elimina ese dilema: lo vuelve más evidente.
Así como existen los gastos hormiga, también existen los “tiempos hormiga”: pequeñas fugas que parecen irrelevantes, pero que se repiten: un audio largo que podría ser un mail, un “¿tenés un minuto?” que termina siendo media hora, revisar notificaciones “solo un segundo”, atender urgencias ajenas sin filtro, abrir la computadora de noche para resolver algo mínimo y quedarse atrapado en otras tareas. Cada una por separado no parece grave. El problema es la suma de las partes.
Y acá aparece un punto clave para los profesionales: la atención es el insumo que más se encarece cuando se fragmenta. Cambiar de tarea tiene un costo: reubicarse mentalmente, retomar contexto, recordar dónde estabas. En temporada de calor, con agenda social y desgaste acumulado, ese costo se siente más.
A su vez, hay una confusión bastante extendida: creer que descansar es solo dejar de trabajar. En realidad, descansar es recuperar capacidad. Es volver con mejor foco, mejor ánimo y más energía para decidir. Por eso, el descanso no compite contra la productividad, sino que lo hace contra el desgaste.
Desde una mirada económica, el verano ofrece una ventaja: permite reorganizar. Así como se ordena un presupuesto, se puede ordenar el tiempo con una lógica simple: revisar en qué se invierten las horas, definir prioridades y fijar criterios básicos para administrar mejor la agenda.
No se trata de implementar un método complejo. Con tres acuerdos simples, claros y realistas —personales y con el entorno— suele ser suficiente:
A continuación, te invitamos a que marques mentalmente cuántas de estas situaciones te pasan seguido:
Si te identificaste con varias, vale la pena revisarlo: suelen ser señales de desorden en la gestión del tiempo. La mejora no pasa por sumar horas, sino por ordenar criterios y límites.
El verano no es solo una estación: es un escenario distinto. Si lo atravesás con las mismas reglas que el resto del año, es probable que termines con una mezcla incómoda de trabajo a medias y descanso incompleto. En cambio, si lo pensás como una gestión del tiempo —con límites, prioridades y decisiones mínimas— puede convertirse en una inversión: menos desgaste hoy es más claridad para mañana.
Porque al final, el recurso más escaso no es el dinero ni la energía: es el tiempo. Y la mejor forma de cuidarlo no es llenarlo de cosas, sino elegir mejor en qué se va.