Realidad Profesional | Revista del Consejo Profesional de Ciencias Económicas de la Provincia de Buenos Aires y su Caja de Seguridad Social
La inteligencia artificial acelera procesos, pero también deja al descubierto una tensión silenciosa en muchos estudios contables: delegar tareas tecnológicas sin comprender del todo cómo funcionan. Para quienes llevan años ejerciendo, el desafío no es solo técnico, sino también emocional, porque cuestiona el modo en que se construyó el valor profesional. En esta nota, la Dra. Celia Rivarola pone en palabras esa situación y comparte recursos concretos para atravesarla sin perder criterio ni liderazgo.
Dra. Celia Rivarola
Contadora Pública (10-15054-4,
Hay un grupo chico de contadores que se está aggiornando fuerte en inteligencia artificial y tecnología. Suelen verse en redes: hablan de automatización, muestran procesos optimizados y parecen moverse con naturalidad en este nuevo escenario.
Pero existe también una mayoría silenciosa —sobre todo en el rango etario de más de 40 años— que vive una realidad muy distinta:
Esta tensión no siempre se dice en voz alta, pero aparece con fuerza en la práctica profesional cotidiana. Durante años, delegar ya era para muchos contadores una palabra incómoda. No por falta de equipos, sino por una identidad profesional construida sobre el control, la precisión y la idea de que “si no lo hago yo, no sale bien”. En estudios contables tradicionales, delegar implicó siempre un desafío emocional: confiar, soltar, aceptar errores ajenos y convivir con tiempos y criterios distintos.
Hoy, con el avance cada vez más acelerado de las inteligencias artificiales, ese desafío se intensifica. La vida —o el juego, como suelo decir— nos pide pasar de nivel. Y cuando no lo hacemos, la sensación interna suele ser bastante clara: game over.
Muchos profesionales se encuentran frente a una escena inédita: no siempre quieren delegar, pero muchas veces sienten que no hacerlo los deja fuera de competencia. Delegar tareas tecnológicas en jóvenes de 20 o 25 años que dominan herramientas, automatizaciones e IA aparece entonces más como una presión del contexto que como una elección cómoda.
En la superficie, el conflicto parece técnico: “ellos saben de tecnología, yo no”. Pero en el fondo, el movimiento es emocional e identitario. Para muchos contadores experimentados, el saber fue siempre la fuente de autoridad, seguridad y valor profesional. Saber más garantizaba control, previsibilidad y reconocimiento. Cuando aparece un otro —más joven— que sabe algo que yo no, esa base tambalea.
Surgen entonces emociones poco dichas en el ámbito profesional, pero que escucho con frecuencia en sesiones de coaching 1 a 1:
Delegar en este contexto no solo implica soltar una tarea, sino revisar la propia relación con el saber, el poder y el rol.
Delegar algo que conozco me permite supervisar, corregir y anticipar errores. Delegar algo que no entiendo me enfrenta a preguntas incómodas, que aparecen una y otra vez en la práctica profesional:
Desde el coaching, estas preguntas no se responden con más control, sino con otras preguntas:
No se trata de adaptarse a cualquier costo ni de forzarse a delegar sin registro interno. Se trata de acompañar emocionalmente el cambio.
Delegar no es “pasar tareas”, es generar acuerdos. Conversar explícitamente con los colaboradores más jóvenes sobre qué decisiones pueden tomar, cuáles no, y cuándo escalar una situación reduce notablemente la ansiedad del profesional que delega. Esto no es control: es marco.
Desde el mindfulness, aprender a reconocer las señales corporales y mentales de la ansiedad —urgencia, rigidez, hipercontrol— permite no actuar automáticamente desde el miedo. Pausar, respirar y decidir desde mayor claridad cambia radicalmente la experiencia de delegar.
Una de las preguntas más potentes que aparece en sesiones de coaching es: ¿Dónde está hoy mi verdadero valor como contador? La experiencia, el criterio, la mirada integral del negocio, la lectura emocional del cliente y la toma de decisiones estratégicas siguen siendo irremplazables. La tecnología no quita valor: obliga a reubicarlo.
Delegar ante lo desconocido no es un signo de debilidad, sino de madurez profesional. Implica pasar de “ser el que hace todo” a “ser el que integra, decide y guía”. Implica dejar de competir con la tecnología para empezar a liderar procesos que la incluyan.
Para muchos contadores +40, este proceso aparece primero como incomodidad, luego como resistencia y, finalmente, como oportunidad. Porque delegar hoy no es solo una decisión operativa. Es una transformación emocional. Y como toda transformación profunda, empieza adentro.
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