Realidad Profesional | Revista del Consejo Profesional de Ciencias Económicas de la Provincia de Buenos Aires y su Caja de Seguridad Social
En el mes de la mujer, la Dra. Celia Rivarola invita a detenerse en un tema menos visible que los logros profesionales: la autoexigencia. En profesiones vinculadas a las Ciencias Económicas, donde la responsabilidad, la precisión y el cumplimiento ocupan un lugar central, muchas mujeres sostienen múltiples demandas al mismo tiempo y naturalizan ese nivel de exigencia. En esta nota, la autora corre la mirada del rendimiento para reflexionar sobre cómo se habita, se sostiene y se ejerce la profesión.
Dra. Celia Rivarola
Contadora Pública (10-15054-4,
Marzo suele llenarse de mensajes sobre mujeres fuertes, resilientes, capaces. Y sí, lo somos. Pero pocas veces hablamos del costo emocional de ese mandato.
En el mundo tributario, contable y financiero —donde la precisión es ley y el liderazgo se construye con resultados— muchas mujeres han desarrollado su carrera demostrando que pueden con todo: estudio, clientes, vencimientos, equipo, familia, hijos, pareja, formación continua. Eficiencia. Prolijidad. Cumplimiento. Presencia.
El problema no es la capacidad. El problema es la autoexigencia permanente.
Son las 23:47. La casa está en silencio. La computadora sigue abierta. Una planilla iluminando la cara. Un mail pendiente. Un vencimiento mañana.
En la habitación de al lado, una mochila lista para el colegio. En la agenda, una reunión a las 8:30. En la cabeza, una lista que no termina nunca.
Ella puede.
Puede cerrar balances. Puede contener a un cliente en crisis. Puede explicar una reforma tributaria. Puede organizar un cumpleaños. Puede sostener emocionalmente a otros cuando todo parece desbordarse.
Puede.
Lo que casi nunca hace es preguntarse si quiere.
En sesiones de coaching con contadoras aparece una frase que se repite: “Yo puedo, pero estoy agotada”.
No es la mujer frágil la que llega. Es la mujer eficiente. La que resuelve. La que no molesta. La que aprendió que su valor está en ser imprescindible.
A diferencia de generaciones anteriores, hoy muchas mujeres no discuten su lugar profesional. Lo ocuparon. Lo sostienen. Lo lideran.
Sin embargo, internamente siguen operando creencias como:
Este mandato no siempre viene de afuera. Muchas veces es una voz interna que aprendimos a escuchar como si fuera verdad. Y así, el multitasking se convierte en identidad.
Responder mensajes mientras se cocina. Escuchar un audio de un cliente mientras se maneja de regreso a casa después de buscar los niños en el colegio. Revisar una liquidación mientras se ayuda con la tarea. Planificar vacaciones contestando correos.
El cuerpo hace. La mente corre. El corazón espera.
En una profesión donde la precisión y el cumplimiento son centrales, esta dinámica se refuerza. La responsabilidad profesional se mezcla con la afectiva y el límite entre compromiso y sobrecarga se vuelve difuso.
El resultado no suele ser el fracaso. Suele ser el agotamiento silencioso.
Desde el mindfulness aprendemos algo incómodo: no todo lo que podemos hacer, necesitamos hacerlo.
El cerebro alterna tareas. El sistema nervioso no puede sostener indefinidamente el estado de alerta. Vivir en multitasking permanente eleva el estrés, fragmenta la atención y reduce el disfrute.
Muchas mujeres saben perfectamente qué necesita el cliente, el estudio y la familia. Pero no siempre saben qué necesitan ellas. Desde el coaching ontológico la pregunta no es cuánto más podemos hacer, sino desde qué creencias lo estamos haciendo.
Si estoy agotada pero no delego, ¿qué historia me estoy contando?
Si digo “sí” en automático, ¿qué temo que pase si digo “no”?
Si descanso con culpa, ¿qué parte de mi identidad siento en riesgo?
El mandato de poder con todo suele sostenerse en una ecuación invisible: valor igual a rendimiento. Mientras produzco, valgo. Mientras resuelvo, importo. Mientras sostengo, soy necesaria. Pero cuando el valor depende solo del hacer, el descanso se vive como amenaza.
En el mes de la mujer celebramos logros y liderazgo. Y es justo hacerlo. Sin embargo, el verdadero avance tal vez no esté en demostrar que podemos más, sino en revisar cómo queremos vivir lo que ya conquistamos.
La fortaleza no es no cansarse. Es reconocer el límite sin culpa.
La autonomía no es hacerlo todo sola. Es elegir conscientemente dónde poner la energía.
El liderazgo no empieza en el equipo. Empieza en la gestión emocional propia.
Cuando una mujer contadora cuestiona el mandato interno de perfección constante, algo cambia: delega con menos culpa, establece límites con claridad, se comunica de manera más asertiva y deja de vivir en modo supervivencia.
No se vuelve menos profesional. Se vuelve más consciente.
El desafío no es bajar el estándar, sino cambiar el punto de apoyo interno. Pasar de la exigencia automática a la elección deliberada.
Porque poder con todo no siempre es libertad. A veces es una forma sofisticada de autoexigencia.
Quizás este marzo no se trate de agregar nuevas metas, sino de hacer una pausa estratégica y preguntarse:
La mujer contadora no necesita demostrar que puede con todo. Ya lo demostró.
Tal vez ahora el paso evolutivo sea integrar eficiencia con conciencia, compromiso con autocuidado y responsabilidad profesional con responsabilidad emocional.
Porque el verdadero desarrollo no consiste solo en crecer hacia afuera. También implica crecer hacia adentro. Y ese puede ser el liderazgo más transformador de todos.
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