La inteligencia artificial suele pensarse como parte de una economía intangible, hecha de datos, algoritmos y servicios en la nube. Sin embargo, su expansión depende de bases muy concretas: minerales críticos, energía, centros de datos, cadenas de suministro e infraestructura. Litio, cobre, níquel y grafito aparecen como insumos clave para sostener el crecimiento de esta nueva economía. En ese escenario, América Latina y Argentina ocupan un lugar estratégico por sus recursos naturales, aunque el desafío no será solo producir más, sino capturar valor y atraer inversiones. En esta nota, el Dr. Pablo Bolino analiza la base material que hace posible el desarrollo de la IA y las oportunidades y riesgos que este escenario abre para la Argentina.

ARTÍCULO PUBLICADO EL 2026-07-17
Edición N. 152 - Julio / Agosto 2026

NOTAS DE AUTOR

Dr. Pablo Bolino Dr. Pablo Bolino Licenciado en Economía (Tomo 2, Folio 239,
Consejo Profesional de Ciencias Económicas
de la Provincia de Buenos Aires)

Integrante de la Comisión Provincial de Economía
de este Consejo Profesional

La inteligencia artificial suele presentarse como el emblema de la economía del conocimiento: algoritmos, datos, “nube” y software que parecen flotar por encima de la realidad material. Sin embargo, detrás de cada modelo de lenguaje, de cada centro de datos y de cada aplicación productiva de la IA, hay una base física insoslayable: minerales críticos y energía. Sin litio, cobre, níquel, grafito y tierras raras, la promesa de la IA simplemente no se sostiene en el tiempo. 

Más que una nube etérea, la IA se parece a un edificio financiero complejo apoyado en pocos pilares materiales, expuestos a shocks de oferta, volatilidad de precios y riesgo geopolítico. A medida que crece la escala de entrenamiento de modelos y se multiplican las aplicaciones, la presión sobre esos pilares aumenta en forma acelerada. En términos económicos, esto implica que la frontera de innovación digital está condicionada por restricciones propias de la economía real: disponibilidad de insumos, costos energéticos y capacidad logística.

Los organismos internacionales vienen advirtiendo sobre esta tendencia. La Agencia Internacional de Energía (IEA) proyecta que la demanda de minerales críticos –incluyendo litio, grafito, níquel, cobre y tierras raras– podría multiplicarse varias veces hacia 2040, impulsada por la transición energética y la digitalización. Para algunos minerales, como el litio, el aumento proyectado es de un orden de magnitud: se prevé una expansión de la demanda de varias veces respecto de los niveles actuales en escenarios de descarbonización y alta electrificación. En paralelo, distintas estimaciones señalan que la demanda global de cobre podría prácticamente duplicarse hacia 2040, dada su centralidad en redes eléctricas, vehículos eléctricos y equipamiento electrónico.

Desde una perspectiva de finanzas internacionales, esta dinámica sugiere un cambio estructural en los determinantes de riesgo y su rendimiento sectorial. La economía de la IA ya no puede analizarse sin incorporar variables típicamente asociadas a commodities: ciclos de inversión minera, cuellos de botella logísticos, concentración de la oferta, sensibilidad geopolítica y conflictividad socioambiental.

La infraestructura que sostiene la IA depende, ante todo, de un insumo básico: la energía. Los centros de datos —incluidos aquellos optimizados para cargas de trabajo de IA— ya representan una fracción relevante del consumo eléctrico mundial, y se proyecta que esa demanda se duplique hacia 2030, hasta alcanzar niveles comparables con los de economías enteras. En varias economías avanzadas, además, explicarían una proporción creciente del aumento de la demanda eléctrica durante la próxima década.

Esto implica que la expansión de la IA no sólo presiona sobre minerales críticos, sino también sobre sistemas eléctricos nacionales, matrices energéticas y marcos regulatorios de generación, transmisión y tarifas. Para las finanzas públicas y la economía de la regulación, esto abre interrogantes relevantes: ¿cómo se distribuyen los costos de expansión de la infraestructura energética asociada a la IA? ¿Qué esquemas tarifarios, tributarios y de incentivos se diseñan para evitar que la presión sobre la red derive en subsidios cruzados regresivos o en pérdida de competitividad para otros sectores productivos?

Detrás de la inteligencia artificial hay centros de datos, servidores, chips, sistemas de refrigeración y una infraestructura física que consume energía y depende de minerales críticos para funcionar.

La economía real detrás del crecimiento de la IA

Las proyecciones sobre el tamaño económico de la IA son, en muchos casos, disruptivas. Diversos estudios estiman que el mercado global de IA podría alcanzar hacia 2030 un valor de cientos de miles de millones de dólares, con tasas de crecimiento anual superiores al 25–30%. Algunos informes de consultoras globales sugieren que, sobre el final de esta década, la inteligencia artificial podría añadir varios puntos porcentuales al PIB global, cuantificando ese aporte en billones de dólares respecto de un escenario sin IA.

Pero esa proyección de valor se sostiene sobre cadenas de suministro que hoy muestran tensiones crecientes. La demanda de litio, níquel, cobalto, grafito y cobre crece con fuerza, impulsada por baterías, vehículos eléctricos, redes inteligentes y equipamiento de centros de datos. En numerosos escenarios, la demanda proyectada se acerca o incluso supera la oferta esperada con los proyectos hoy en cartera, especialmente para litio y grafito.

Desde el punto de vista de la gestión de riesgos, esto configura un “talón de Aquiles” material de la economía de la IA: shocks de precios, retrasos en proyectos o restricciones de exportación pueden traducirse en cuellos de botella tecnológicos y en encarecimiento de la infraestructura digital.

Para los mercados financieros, esta tensión abre una ventana de oportunidad –y de riesgo– en portafolios vinculados a minería, infraestructura energética y tecnologías asociadas. No se trata solo de identificar sectores “ganadores”, sino de evaluar la calidad institucional de las jurisdicciones donde se ubican los recursos, su estabilidad regulatoria y su capacidad de gestionar conflictos, factores que impactan de manera directa sobre el costo de capital y la valuación de activos.

La frontera de innovación digital está condicionada por restricciones propias de la economía real: disponibilidad de insumos, costos energéticos y capacidad logística.

Si bien la tierra y el capital son condiciones necesarias, la experiencia comparada muestra que los principales cuellos de botella de la minería contemporánea se ubican en la superficie. Proyectos con alta rentabilidad esperada quedan demorados o cancelados por falta de licencia social, incertidumbre normativa, cambios tributarios intempestivos o conflictos socioambientales mal gestionados.

Desde una perspectiva de economía política, la “licencia social” se convierte en un activo tan relevante como el propio recurso. Proyectos que no logran construir legitimidad enfrentan mayores costos de capital, riesgos operativos elevados y, en muchos casos, paralización. En consecuencia, la estabilidad de la oferta de minerales críticos depende crecientemente de la capacidad de los países para articular consensos, garantizar previsibilidad institucional y gestionar conflictos territoriales.

Podría decirse que la IA necesita, además de chips y algoritmos, inteligencia institucional: capacidades estatales y empresariales para construir acuerdos duraderos alrededor de proyectos extractivos y de infraestructura. Sin esa capa de gobernanza, la brecha entre demanda y oferta de minerales tenderá a ampliarse, con efectos de segunda ronda sobre inflación de costos, competitividad y estabilidad macroeconómica.

 

Un desafío regional

América Latina ocupa una posición estratégica en este nuevo mapa. La región concentra una fracción significativa de los recursos que demanda el nuevo ciclo tecnológico: buena parte de las reservas globales de litio, una proporción importante de cobre y otros minerales relevantes para baterías, redes y equipamiento electrónico. Sin embargo, persiste un patrón de inserción predominantemente primario-exportador, con limitada industrialización aguas abajo y baja captura de valor agregado. 

La operación Fénix, ubicada en el Salar del Hombre Muerto, en Catamarca, es una de las principales productoras de litio de la Argentina.

El desafío no es únicamente expandir la producción, sino escalar en la cadena de valor, mejorar la calidad institucional y diseñar marcos regulatorios que equilibren competitividad, sostenibilidad y legitimidad social. De no hacerlo, existe el riesgo de reproducir un patrón histórico: abundancia de recursos combinada con baja apropiación de renta tecnológica y alta vulnerabilidad a los ciclos de precios.

En términos prospectivos, la relación entre inteligencia artificial y minerales críticos configura un nuevo eje de la economía internacional. La restricción ya no es exclusivamente tecnológica, sino también material e institucional. Los países que logren integrar estas dimensiones –innovación, recursos y gobernanza– estarán en mejores condiciones de capturar los beneficios de esta transformación.

 

Argentina, frente a una oportunidad estratégica

Argentina es un ejemplo claro de cómo la geografía de los recursos puede redefinir la estrategia económica en la era de la IA. El país posee una de las carteras de minerales críticos más relevantes del mundo, con una posición destacada en litio, capacidad potencial en cobre y otros recursos que lo colocan en el radar de las grandes potencias interesadas en diversificar sus cadenas de suministro.

En el segmento de litio, Argentina forma parte del denominado “triángulo del litio”, y se ubica entre los principales productores globales. Tras un período inicial con pocas operaciones, la producción ha comenzado a escalar con fuerza y las proyecciones oficiales y privadas apuntan a un incremento significativo de las exportaciones en los próximos años. En cobre, la cartera de proyectos a gran escala podría transformar al país en un actor de peso hacia mediados de la próxima década, con exportaciones mineras muy superiores a los niveles actuales y una contribución decisiva a la balanza de pagos.

La IA necesita, además de chips y algoritmos, inteligencia institucional: capacidades estatales y empresariales para construir acuerdos duraderos alrededor de proyectos extractivos y de infraestructura.

En el plano institucional, en los últimos años se avanzó en marcos de promoción para inversiones de gran escala, con el objetivo de ofrecer estabilidad fiscal, regulatoria y cambiaria a proyectos intensivos en capital. Paralelamente, nuestro país se ha integrado a iniciativas internacionales orientadas a asegurar cadenas de suministro de minerales críticos y ha desarrollado vínculos específicos con socios estratégicos interesados en litio y cobre. Este movimiento refleja un reconocimiento explícito: la agenda de minerales críticos no es sólo una cuestión sectorial, sino un capítulo central de la estrategia de inserción internacional. 

Este contexto configura una ventana de oportunidad macroeconómica singular: diversificar la matriz exportadora, aliviar la restricción externa, atraer inversiones de largo plazo y generar empleo calificado. Pero también expone riesgos conocidos: dependencia de precios volátiles, tensiones socioambientales en territorios sensibles, fragmentación regulatoria entre jurisdicciones y la posibilidad de reproducir un modelo extractivo con bajo valor agregado local. 

La dirección que tomen las políticas públicas –fiscales, cambiarias, ambientales, de desarrollo productivo y de articulación entre Nación y provincias– será decisiva para que esta oportunidad vinculada a la IA y los minerales críticos se traduzca en un proceso de desarrollo sostenido y no en un nuevo ciclo de auge y vulnerabilidad.

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