Realidad Profesional | Revista del Consejo Profesional de Ciencias Económicas de la Provincia de Buenos Aires y su Caja de Seguridad Social
El Mundial 2026 no solo quedó en la historia deportiva por ser el primero con 48 selecciones y 104 partidos. También marcó un salto de escala en el modelo económico de la FIFA, que potenció sus ingresos a partir de un torneo más extenso, más global y más comercializable. En esta nota, analizamos cómo la Copa del Mundo convirtió cada dimensión del evento en una unidad de negocio: la transmisión de los partidos, el valor de la marca, los premios para las selecciones, las experiencias premium en los estadios y hasta las pausas de hidratación.
La Copa del Mundo disputada en Estados Unidos, México y Canadá no solo quedará en la historia deportiva por haber sido la primera con 48 selecciones y 104 partidos; también marcó un salto de escala en el modelo económico de la FIFA, que encontró en la ampliación del formato una forma de multiplicar partidos, audiencias, entradas, sponsors y productos asociados.
En el modelo económico de la FIFA, la Copa Mundial funciona como el gran cierre de un ciclo financiero de cuatro años. Allí se concentran los principales ingresos por derechos audiovisuales, marketing, licencias, entradas y hospitality. No es un torneo más dentro del calendario: es el producto central que ordena buena parte de los recursos de la organización.
La escala ya venía creciendo. En el ciclo 2019-2022, que culminó con el Mundial de Qatar, los ingresos totales de FIFA alcanzaron los USD 7.568 millones. Para el ciclo 2023-2026, la propia organización elevó su previsión de ingresos a USD 13.000 millones, impulsada por la expansión de sus principales competencias y, especialmente, por el nuevo formato mundialista.
El presupuesto del período ayuda a entender dónde está el negocio: la venta de derechos televisivos fue proyectada en USD 4.264 millones, los derechos de marketing en USD 2.693 millones, las licencias en USD 669 millones y la venta de entradas y hospitality en USD 3.097 millones. En otras palabras: la Copa no solo genera ingresos por lo que ocurre dentro de la cancha, sino por todo lo que orbita fuera de ella.
El principal activo de la FIFA no es solo el fútbol, sino la atención global que produce. Cada partido se convierte en un contenido de alto valor para canales, plataformas, anunciantes y marcas. En términos simples: cuantos más partidos, más horas de transmisión; cuantos más mercados involucrados, mayor capacidad de venta.
El salto de 64 a 104 partidos fue decisivo, ya que no modificó únicamente el formato deportivo: también amplió la cantidad de inventario audiovisual disponible. Si se toma como referencia el presupuesto de USD 4.264 millones por derechos televisivos para el ciclo 2023-2026 y se lo divide sobre los 104 partidos del Mundial, el promedio ronda los USD 41 millones por encuentro.
Desde ya, ese cálculo no significa que cada partido valga eso. Los derechos se comercializan por territorios, paquetes, períodos y condiciones contractuales específicas. Pero el ejercicio permite dimensionar la escala económica del producto: cada ventana de juego, incluso con diferencias de audiencia entre partidos, forma parte de una maquinaria global de transmisión.
El negocio del Mundial también se distribuye hacia las asociaciones participantes. Antes del torneo, el Consejo de la FIFA aprobó una contribución económica récord de USD 727 millones, de los cuales USD 655 millones correspondían a premios deportivos para las 48 selecciones, que fueron distribuidos de la siguiente manera: USD 50 millones para el campeón, USD 33 millones para el subcampeón, USD 29 millones para el tercer puesto y USD 27 millones para el cuarto.
Del 5° al 8° lugar, el premio fue de USD 19 millones; del 9°al 16°, de USD 15 millones; del 17° al 32°, de USD 11 millones; y del 33° al 48°, de USD 9 millones.
Ese esquema muestra que la competencia también tiene una estructura económica por desempeño. Avanzar de ronda no solo implica prestigio deportivo: también mejora la distribución de recursos para cada federación.
Después de la televisión, otra de las grandes fuentes de ingresos estuvo en los derechos de marketing. En 2025, FIFA informó USD 965 millones por esta vía, una cifra que muestra el peso de los sponsors dentro del modelo económico de sus competencias. Ese dinero surge de acuerdos que permiten a las marcas asociarse con la FIFA, sus torneos y sus activos comerciales.
No se trata solo de aparecer en carteles o pantallas dentro de un estadio. Las empresas compran acceso a una vidriera global: presencia en transmisiones, contenidos digitales, experiencias para consumidores y asociación directa con uno de los eventos deportivos más vistos del mundo. Para tomar dimensión del fenómeno, FIFA informó que cerca de 1.500 millones de personas visualizaron la final de Qatar 2022 entre Argentina y Francia.
Las licencias completan ese ecosistema. Allí la FIFA monetiza el uso de su marca, sus logos, la identidad visual de los torneos y los productos oficiales vinculados al Mundial. Entran camisetas, pelotas, accesorios, indumentaria, coleccionables, videojuegos, productos digitales y merchandising.
La diferencia entre ambos rubros ayuda a entender el negocio. Mientras que los sponsors pagan por asociarse al espectáculo y ganar visibilidad global, las licencias convierten esa visibilidad en productos concretos. En un caso se vende presencia de marca. En el otro, el derecho a usar la marca FIFA y la identidad del Mundial en objetos, experiencias y contenidos que circulan mucho más allá de los 90 minutos.
La parte más tradicional del negocio tiene una estrecha ligazón con la presencia física. Las entradas y los paquetes de hospitality convirtieron el acceso al estadio en una experiencia segmentada: no pagó lo mismo quien compró una entrada común que quien accedió a servicios premium, lounges, suites, gastronomía, atención diferencial o paquetes corporativos.
El Mundial 2026 tuvo una categoría de ingreso de USD 60 para los 104 partidos, incluida la final, pero esa fue apenas una parte de la oferta. En paralelo, FIFA y On Location, su proveedor oficial de hospitality, comercializaron paquetes con ubicaciones premium, acceso a suites privadas, lounges compartidos, espacios de entretenimiento y servicios diferenciales.
La 23° edición de la Copa del Mundo también dejó una marca en materia de precios. La final alcanzó valores récord: FIFA elevó el precio de las entradas oficiales a USD 10.990, frente a los USD 1.600 de Qatar 2022. En el mercado de reventa, el costo mínimo para ingresar al último partido del Mundial superó los USD 7.400.
Así, la FIFA no vendió únicamente la posibilidad de ver un partido. Vendió niveles de acceso, comodidad, exclusividad y pertenencia a un evento global. El estadio se transformó en una unidad de negocio propia, donde cada asiento, cada lounge y cada paquete premium también formaron parte de la economía del Mundial.
Los cooling breaks fueron uno de los puntos más comentados y controvertidos del torneo. FIFA había establecido pausas de hidratación de tres minutos a mediados de cada tiempo (´22 y ´67), una medida presentada como una decisión vinculada con el bienestar de los jugadores y la igualdad de condiciones entre los equipos.
Pero la pausa también abrió una lectura económica. Aunque FIFA sostuvo que no obtenía ingresos adicionales directos por esos cortes, porque los acuerdos comerciales ya estaban firmados, esos minutos sí tenían valor para las cadenas que transmitían los partidos. El cálculo permite dimensionar el fenómeno. Si cada partido tuvo dos pausas de tres minutos, el Mundial sumó seis minutos de interrupciones reglamentadas por encuentro. En 104 partidos, eso equivale a 624 minutos: más de 10 horas de tiempo potencialmente comercializable dentro de un contenido en vivo de audiencia global.
A modo ilustrativo, si se tomara como referencia un valor de USD 300.000 por aviso de 30 segundos, cada partido podría habilitar hasta 12 espacios publicitarios, equivalentes a USD 3,6 millones de inventario bruto potencial. Proyectado sobre todo el torneo, la cifra se acercaría a los USD 374 millones. No se trata de un ingreso directo de FIFA ni de una facturación efectiva necesariamente alcanzada, pero sí de una forma clara de entender por qué una pausa deportiva puede adquirir valor económico.
El Mundial 2026 también mostró cómo el fútbol se integra cada vez más con la lógica del entretenimiento global. Por primera vez, la final tuvo un show de medio tiempo, con artistas internacionales como Madonna, Shakira, BTS y Justin Bieber, en una propuesta que combinó deporte, música, marcas, plataformas y audiencias en una misma experiencia.
El dato no es menor. La final dejó de pensarse únicamente como el último partido de una competencia y se acercó a la lógica de los grandes eventos culturales globales. La transmisión ya no vendió solo fútbol: también ofreció espectáculo, consumo digital y presencia de marca.
El cierre del Mundial 2026 también abrió una pregunta hacia adelante: si el salto a 48 selecciones fue considerado exitoso por la dirigencia de la FIFA, ¿podría el torneo seguir creciendo?
La posibilidad de ampliar la competencia a 64 equipos en el 2030 volvió a instalarse en la agenda. Su Presidente, Gianni Infantino, señaló que la propuesta será examinada y discutida por los órganos correspondientes. Dicha idea también fue impulsada públicamente por CONMEBOL, que planteó el formato ampliado como una forma de celebrar el centenario de la Copa del Mundo.
El debate no es solo deportivo. Una Copa con más equipos también podría significar más partidos, más derechos audiovisuales, más entradas, más sedes, más paquetes comerciales y más oportunidades de exposición para nuevos mercados. Pero también abriría preguntas sobre calendario, competitividad, logística, calidad del espectáculo y desgaste de los futbolistas.
Si bien el Mundial 2026 mostró algo, cada ampliación del formato tiene una consecuencia económica. Más selecciones significan más historias, más audiencias y más países involucrados, como así también una superficie comercial más grande.