Realidad Profesional | Revista del Consejo Profesional de Ciencias Económicas de la Provincia de Buenos Aires y su Caja de Seguridad Social
La inteligencia artificial suele asociarse con herramientas, modelos y procesos para automatizar. Pero ¿qué parte del trabajo del contador agrega verdadero valor y qué tareas seguimos haciendo por costumbre? A partir de un proyecto de automatización aplicado al seguimiento de monotributistas, el Dr. Nicolás Paolucci reflexiona sobre cómo la tecnología permite liberar tiempo dedicado a tareas repetitivas para recuperar la brújula del rol del contador: interpretar información, anticipar riesgos y acompañar mejores decisiones. Aquí, una mirada sobre la automatización no como reemplazo, sino como una oportunidad para volver a poner en primer plano el criterio profesional.
Dr. Nicolás Paolucci
Contador Público (Tomo 158, Folio 95)
Cuando se habla de inteligencia artificial en Ciencias Económicas, la conversación suele girar alrededor de las herramientas: qué aplicación utilizar, qué modelo ofrece mejores resultados o qué proceso conviene automatizar primero. Son preguntas válidas, pero existe otra mucho más importante que, con frecuencia, queda relegada: ¿qué parte del trabajo del contador agrega realmente valor profesional y cuál responde simplemente a una forma de trabajar que nunca nos detuvimos a cuestionar?
La respuesta comenzó a tomar forma mientras participaba en un proyecto destinado a automatizar uno de los procesos más habituales de un estudio contable: el seguimiento periódico de una cartera de monotributistas.
El objetivo inicial parecía sencillo: reducir el tiempo que demandaban los controles repetitivos para que los profesionales pudieran dedicar más horas a otras actividades. Sin embargo, a medida que el proyecto avanzaba, apareció una conclusión que terminó siendo mucho más relevante que la automatización misma: descubrimos que durante años habíamos confundido trabajo profesional con trabajo repetitivo.
Pensemos en una situación cotidiana: un estudio contable que administra decenas o cientos de monotributistas. Todos los meses debe revisar información, verificar la evolución de la facturación, identificar posibles riesgos y detectar situaciones que requieran intervención. Es una tarea necesaria, pero también, una de las más rutinarias dentro del ejercicio profesional.
Lo llamativo es que el mayor esfuerzo no está en interpretar la información, sino en encontrarla. Ingresar una y otra vez a distintos sistemas, revisar registros individuales y recorrer una cartera completa para identificar qué clientes requieren atención ocupa una cantidad considerable de tiempo. Recién cuando esa búsqueda termina comienza el verdadero trabajo del contador: analizar la situación, evaluar alternativas y asesorar al cliente. Durante décadas aceptamos esa lógica como algo natural. Nunca nos preguntamos si tenía sentido que un profesional universitario dedicara buena parte de su jornada a localizar información que ya se encontraba disponible en formato digital.
La automatización obligó a mirar ese proceso desde otra perspectiva. Al eliminar la parte más repetitiva del trabajo, quedó en evidencia que el verdadero aporte del contador nunca estuvo en recorrer registros uno por uno. Su valor aparece cuando interpreta la información, comprende el contexto de cada contribuyente y transforma esos datos en decisiones. Ese fue, probablemente, el principal aprendizaje del proyecto: la automatización no nos enseñó cómo trabajan las computadoras, sino que nos mostró cuánto tiempo llevábamos trabajando nosotros como computadoras.
En el caso del seguimiento de monotributistas, la diferencia no estuvo únicamente en reducir tiempos; la transformación fue más profunda. El contador dejó de comenzar su jornada preguntándose qué cliente debía revisar primero y pasó a concentrarse directamente en aquellas situaciones que requerían criterio profesional. Si bien puede parecer una diferencia operativa, representa en realidad un cambio de paradigma.
Cuando las tareas repetitivas dejan de ocupar el centro de la escena, el conocimiento vuelve a ocupar el lugar que nunca debió perder. El profesional ya no dedica la mayor parte de su energía a buscar información, sino a utilizarla para anticipar riesgos, interpretar escenarios y acompañar decisiones. Y ese cambio también modifica la relación con el cliente, porque existe una diferencia enorme entre informar un problema cuando ya ocurrió y advertirlo antes de que suceda. En ambos casos interviene el mismo conocimiento técnico, pero el valor percibido es completamente distinto. Por caso, el cliente deja de ver al contador como alguien que controla obligaciones formales y comienza a reconocerlo como un asesor capaz de prevenir situaciones y aportar mayor previsibilidad a su actividad.
La experiencia también dejó una enseñanza que trasciende el caso de los monotributistas. En realidad, ese proceso funcionó como un espejo que permitió observar con mayor claridad muchas otras actividades que forman parte de la rutina de un estudio contable. Conciliaciones, controles periódicos, revisiones documentales, elaboración de reportes o búsquedas de información dispersa comparten una característica común: consumen tiempo profesional, pero rara vez constituyen el verdadero diferencial del contador.
Durante muchos años asociamos el valor del trabajo profesional con la capacidad de ejecutar correctamente esas tareas. Era lógico. El acceso a la información era limitado y gran parte del conocimiento consistía precisamente en obtenerla, organizarla y convertirla en un insumo para la toma de decisiones.
Hoy el contexto es distinto. Nunca hubo tanta información disponible ni tantas posibilidades para procesarla de manera automática. En ese escenario, el valor ya no está en encontrar un dato, sino en comprender qué significa, anticipar sus consecuencias y ayudar al cliente a decidir con mayor fundamento. Por eso la automatización no debería entenderse únicamente como una herramienta para mejorar la productividad. Su mayor aporte consiste en obligarnos a revisar cómo está organizado nuestro trabajo.
Cada vez que automatizamos un proceso aparece una pregunta incómoda: ¿esa tarea requería realmente la intervención permanente de un contador o simplemente seguíamos haciéndola de esa manera por costumbre? Responder esa pregunta exige abandonar una idea muy arraigada en nuestra profesión: que el esfuerzo siempre es sinónimo de valor.
Durante mucho tiempo medimos nuestro trabajo por la cantidad de controles realizados, por las horas dedicadas a revisar información o por el volumen de tareas ejecutadas. Sin embargo, el cliente difícilmente recuerde cuántos registros analizamos. Lo que realmente valora es haber recibido una recomendación a tiempo, evitar un riesgo o tomar una mejor decisión.
La automatización hace visible esa diferencia. No reemplaza el conocimiento técnico, el juicio profesional ni la responsabilidad ética del contador. Por el contrario, los vuelve todavía más relevantes. Cuanto menos tiempo destinamos a actividades mecánicas, mayor es la importancia de nuestra capacidad para interpretar normas, comprender la realidad de cada organización y transformar información en criterios de acción. Esa es, probablemente, la transformación más profunda que estamos comenzando a vivir.
La discusión sobre inteligencia artificial suele centrarse en las herramientas disponibles, pero las herramientas cambiarán una y otra vez. Lo verdaderamente trascendente es el cambio de enfoque que introducen. Nos invitan a dejar de pensar en tareas aisladas y empezar a analizar procesos completos. Nos desafían a preguntarnos qué actividades deberían seguir dependiendo exclusivamente del criterio humano y cuáles pueden ejecutarse de otra manera sin disminuir la calidad del servicio profesional.
El caso del seguimiento de monotributistas fue una demostración concreta de ese cambio. No porque represente el único proceso susceptible de automatización, sino porque evidencia algo que probablemente ocurra en muchos otros ámbitos del ejercicio profesional. Cada estudio contable conoce cuáles son esas tareas repetitivas que consumen horas de trabajo todos los meses. Allí, más que en cualquier herramienta específica, puede encontrarse una de las mayores oportunidades para fortalecer el rol del contador.
Quizás, dentro de algunos años, no recordemos cuál fue el primer proceso que automatizamos. Lo que probablemente recordemos es el momento en que empezamos a diferenciar con mayor claridad qué parte de nuestro trabajo consistía en ejecutar tareas y cuál consistía en aportar criterio profesional. Esa diferencia es mucho más importante de lo que parece. Porque la automatización no redefine el valor del contador, simplemente deja al descubierto dónde estuvo siempre.
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