La profesión atravesó varias transformaciones tecnológicas, pero esta vez el cambio alcanza tareas que durante décadas definieron el trabajo profesional. Si el acceso a la información y la capacidad de procesarla dejaron de ser diferenciales, el valor se desplaza hacia el criterio: encuadrar problemas, tomar decisiones y asumir responsabilidad. Aquí, el Dr. Lucas Sobrado recorre esa evolución y plantea cómo deben prepararse las Ciencias Económicas para un futuro en el que procesar será cada vez más barato y decidir, cada vez más valioso.

ARTÍCULO PUBLICADO EL 2026-09-04
Edición N. 153 - Septiembre / Octubre 2026

NOTAS DE AUTOR

Lucas Sebastián Sobrado Lucas Sebastián Sobrado Contador Público (Tomo 130, Folio 96)
y Licenciado en Administración (Tomo 5, Folio 248)
Consejo Profesional de Ciencias Económicas
de la Provincia de Buenos Aires.
Mg. en Administración de Negocios.
Mg. en Psicoterapia Integral.

Les propongo un ejercicio que a mí me resultó más incómodo de lo que esperaba: mirar tres fotos de nuestra profesión de contador y anotar, en cada salto, no lo que ganamos, sino lo que dejamos de hacer.

 

1990: El contador como custodio de la información

Trabajaba con una calculadora de cinta, una máquina de escribir y una planilla columnar de trece columnas que se completaba a lápiz. Los libros se llevaban rubricados, transcriptos a mano o con una impresora de matriz de puntos. Las facturas venían de imprenta autorizada, con carbónico.
Había hiperinflación, así que el ajuste por inflación no era un tema técnico de moda: era el trabajo. Reexpresar, buscar índices, recalcular. Un oficio en sí mismo, que se aprendía haciéndolo mal varias veces.
Buena parte de la jornada consistía, literalmente, en trasladarse. Cola en el banco para pagar. Viaje a la DGI —todavía no existía AFIP y mucho menos ARCA— para presentar en ventanilla. Viaje a la imprenta por los talonarios. Y para saber qué decía una norma había que ir a buscarla: la biblioteca del Consejo, los tomos de las editoriales, el Boletín Oficial en papel.
Ese contador tenía una ventaja muy concreta: sabía dónde estaba la información y cómo llegar hasta ella. El conocimiento era escaso, caro y estaba lejos. Él era el puente. En su estudio trabajaban un cadete que hacía las filas, una dactilógrafa, un archivista que sabía dónde estaba cada papel y alguien cuyo trabajo era volver a sumar todo con la calculadora, para estar seguros.

2005: El contador como procesador

Quince años después la escena es irreconocible y el trabajo, sin embargo, es el mismo. Hay una computadora en cada escritorio y una planilla que hace en un segundo lo que antes ocupaba una tarde. Está el SIAp con sus aplicativos, la clave fiscal, la presentación por internet. Los pagos ya se hacen por medios electrónicos. El correo reemplazó al fax y el cliente envía los papeles escaneados. La biblioteca dejó de ser un lugar para ser una suscripción.
Miremos lo que ya no hace. La fila del banco: esa tarea desapareció. No dicta informes: escribe directamente. No vuelve a sumar nada: la planilla no se equivoca. No viaja a la ventanilla. No busca una norma caminando.
Y hay una pérdida menos visible: dejó de hacer el ajuste por inflación. No por tecnología, sino por decisión normativa. Una técnica que la profesión argentina dominaba como pocas salió de circulación quince años, hasta que volvió y hubo que reaprenderla casi desde cero, con una generación entera que nunca la había aplicado.
Guardemos el dato, porque enseña algo: una capacidad profesional puede desaparecer sin que nadie la mate. Alcanza con que deje de ejercitarse.
¿Cuál era su ventaja? Ya no el acceso a la información, sino la capacidad de procesar volumen sin equivocarse: el que dominaba el aplicativo, el que armaba el Excel que no fallaba, el que llevaba treinta clientes en lugar de diez. La escasez se había mudado del saber al hacer.

 

Hoy: El contador frente al espejo

Otros veinte años, y otra vez el rol irreconocible. La factura es electrónica de punta a punta. Los libros son digitales. Se presenta documentación a cualquier hora desde el teléfono. El banco conversa con el sistema contable y la conciliación se sugiere sola. Los comprobantes se cargan leyendo una foto. La normativa se consulta en castellano, con la fuente citada. El archivo ocupa 0 (cero) metros cuadrados.
Ahora, la misma lista de antes. El contador de hoy empieza a dejar de cargar comprobantes, conciliar bancos, armar mayores, calcular saldos, controlar padrones, buscar jurisprudencia y armar el legajo. Ya no está condenado a revisar una muestra de cuarenta partidas: puede revisar las cuarenta mil.

Cuando las tareas repetitivas dejan de ser parte del recorrido profesional, el desafío también pasa por encontrar nuevos espacios donde formar experiencia y criterio.

Y acá aparece la diferencia que cambia todo. En 1990 y en 2005, lo que se automatizó eran tareas del trabajo de otros. Desapareció el empleo del cadete, el de la dactilógrafa, el del archivista, el del que sumaba dos veces. Mirábamos esa transformación desde afuera, sin angustia, porque el trabajo profesional seguía intacto: registrábamos, liquidábamos y presentábamos, cada vez más rápido y con menos gente alrededor. Esta vez las tareas que se van son las nuestras.
Tres fuentes de valor, dos ya perdidas: en 1990 nuestro valor era el acceso a la información; en 2005, la capacidad de procesamiento. Las dos se volvieron gratis, y ninguna pérdida nos dolió, porque cada vez apareció la siguiente.
La tercera fuente de valor, que no se automatiza, es el criterio: encuadrar un problema que el cliente trajo mal planteado, decidir cuando la información no alcanza y el tiempo apremia, advertir lo que nadie quiere oír, firmar y hacerse cargo.
En la actualidad, el problema es doble y ninguna de sus dos partes es tecnológica. La primera es que el criterio profesional no aparece valorizado de manera diferenciada. Tanto los presupuestos como los aranceles siguen construidos sobre las tareas realizadas y, si seguimos poniendo precio al hacer, nuestros honorarios quedan atados a actividades que la tecnología vuelve cada vez más rápidas y menos costosas. Un régimen de honorarios armado sobre la tarea envejece al mismo ritmo que esa tarea se automatiza, se abarata y deja de concentrar el verdadero valor profesional.
La segunda parte es más grave: no sabemos dónde se va a formar ese criterio. Durante un siglo, el juicio profesional se construyó a fuerza de práctica: cientos de conciliaciones, pilas de papeles de trabajo, muestras revisadas hasta el hartazgo. Aunque era un trabajo tedioso, mal pago y repetitivo, también era así como se aprendía a detectar que algo no cerraba, incluso antes de poder explicar por qué.
Ver mil casos es lo que produce el criterio: no hay atajo conocido. Hoy ese trabajo lo hace un sistema, supervisado por equipos más reducidos y más senior. La firma ahorra y el cliente paga menos. Pero el escalón por el que se subía a tener criterio ya no está.
La pregunta, entonces, no es si nuestros jóvenes van a conseguir trabajo: es dónde van a aprender lo que antes se aprendía haciendo. Y recordemos el ajuste por inflación: una capacidad no necesita que la eliminen; alcanza con que deje de ejercitarse.

La fuente de valor que no se automatiza es el criterio: encuadrar un problema que el cliente trajo mal planteado, decidir cuando la información no alcanza y el tiempo apremia, advertir lo que nadie quiere oír, firmar y hacerse cargo.

Defender el film

Kodak inventó la cámara digital en 1975 y la guardó en un cajón. No fue por ignorancia ni por falta de recursos: tenía todos los ratios en orden. El problema fue otro: intentó proteger el negocio del film cuando debía preguntarse qué valor ofrecía realmente y en qué negocio quería seguir compitiendo.
Si organizamos nuestra defensa profesional alrededor de registrar, liquidar y presentar, estamos defendiendo el film con excelente técnica normativa. Y ya no es una metáfora lejana. Las nuevas normas internacionales de aseguramiento de sostenibilidad fueron redactadas deliberadamente como profession agnostic, es decir, no reservadas a una profesión específica: escritas para que también las apliquen profesionales que no son contadores. No lo decidió el mercado ni un competidor: lo resolvieron los emisores globales de normas, respondiendo a los reguladores de valores. Nadie forzó esa puerta desde afuera.
Un dato fuerte, verificable y de este año, indica que contadores y auditores aparecen séptimos entre los quince empleos de mayor caída al 2030 según el Foro Económico Mundial, y son el único servicio profesional de esa lista. Los avisos de empleo junior en contabilidad cayeron 44% interanual en el Reino Unido, con KPMG recortando su camada de ingresantes un 29%, Deloitte 18%, EY 11% y PwC 6%.
Y el dato que cierra el bloque: durante 2025, casi el 7% de los avisos laborales de las cuatro grandes firmas pidió IA como requisito central, frente a menos del 3% vinculado con auditoría. En 2022, esa proporción no llegaba al 2%.

 

El reloj corto de las instituciones

El mundo profesional ya diagnosticó todo esto: los organismos internacionales publican, advierten y proponen. Pero si uno mira el horizonte temporal declarado en cada trabajo, aparece algo que nadie comenta.
El Foro Económico Mundial proyecta a 2030. Las encuestas de talento de las grandes asociaciones trabajan a uno o tres años. Los emisores de normas de auditoría y de ética manejan un calendario 2026-2027, con guías —no normas— sobre tecnología e inteligencia artificial. Las prospectivas más ambiciosas llegan a diez años.

Los desafíos que vienen desdibujan las fronteras entre títulos y ponen en valor el trabajo interdisciplinario, capaz de integrar distintas miradas para resolver un mismo problema.

El único que mira verdaderamente lejos es Rise2040, lanzado en junio de 2026 por las asociaciones estadounidenses de contadores públicos y de gestión, construido con más de seis mil profesionales de veinticinco países. Su conclusión merece leerse dos veces: la profesión de 2040 no se definirá por tareas, sino por confianza.
Ahora la cuenta incómoda. El horizonte institucional dominante es 2030. El graduado que se matricula este año va a ejercer hasta cerca de 2065. Hay treinta y cinco años de carrera que ninguna planificación internacional está cubriendo, y que van a transcurrir igual, con o sin documento que los prevea.
Y ese vacío es, exactamente, nuestra oportunidad. En 1990 y en 2005 nos modernizamos porque nos obligaron: si no presentabas electrónicamente, no presentabas. La norma empujó y el mérito propio fue escaso. Esta vez nadie nos obliga a cambiar. Por primera vez en tres generaciones, depende de nosotros decidir qué lugar queremos ocupar y hacia dónde queremos llevar la profesión.
Es más difícil que cumplir una resolución, y mucho más valioso. Nadie tiene escrita la respuesta sobre cómo debe reconvertirse la profesión: no la tiene el Foro Económico Mundial, tampoco los emisores de normas ni ningún Consejo Profesional del mundo. Quien logre construirla primero —en su estudio, en su cátedra o en su institución— no va a estar simplemente adaptándose a un cambio: va a estar definiendo el terreno en el que los demás trabajen.
Es una ventana estrecha y no vuelve a abrirse. Lo que sigue no son propuestas: no tengo un plan completo y desconfiaría de quien lo tuviera. Son tres cuentas que cualquiera puede hacer esta semana.
La primera es individual. Tomá tu facturación de los últimos doce meses y dividila en dos grupos: honorarios asociados a tareas que ya pueden automatizarse y honorarios vinculados al resto de tu trabajo. Calculá qué porcentaje representa cada uno. No lo estimes: hacé la cuenta. El resultado puede darte una medida bastante concreta de cuánto de tu actividad está hoy expuesta a la automatización.

Contadores y auditores aparecen séptimos entre los quince empleos de mayor caída al 2030 según el Foro Económico Mundial, y son el único servicio profesional de esa lista.

La segunda es institucional. Revisemos las capacitaciones del último año de nuestra Institución y contemos cuántos cursos fueron para actualización normativa y cuántos para formar criterio profesional. En definitiva, una parte importante de nuestros recursos de formación sigue destinada a tareas que las nuevas herramientas pueden resolver cada vez con mayor facilidad.
La tercera es la más incómoda. La medicina resolvió hace un siglo la formación práctica con la residencia: un ámbito estructurado, supervisado, con responsables y presupuesto. En nuestra profesión, ese aprendizaje nunca necesitó una estructura propia porque se daba naturalmente en los primeros años de trabajo.
Ahora bien, si la automatización elimina buena parte de esas tareas, también se reduce el espacio donde se forma el criterio profesional. Entonces, ¿vamos a construir una instancia de formación concreta para reemplazarlo o a seguir suponiendo que con la práctica alcanza?

 

Este artículo está mal escrito

Te lo digo ahora, al final, porque me parece la manera más honesta de terminar.
Todo lo que leíste hasta acá está escrito desde la perspectiva del Contador Público. Los tres retratos provienen de la mirada de un contador. Las tareas que enumeré son contables e impositivas. El escalón que describí es el de un estudio contable. Y, sin embargo, el Consejo del que formo parte, la revista en la que estás leyendo esto y la facultad de la que egresamos pertenecen a un campo mucho más amplio: el de las Ciencias Económicas.
Ese sesgo no es solamente mío. Pensemos cuánto de todo lo dicho hasta acá interpela realmente a un Licenciado en Administración o a un Economista. La respuesta puede ser incómoda, y no porque haya mala fe, sino porque muchas veces la agenda queda marcada por los vencimientos contables e impositivos, y lo urgente vuelve a desplazar a lo importante.
El problema es que la automatización atraviesa a todas las profesiones, aunque sus efectos no siempre sean igual de visibles. En el caso del contador, el impacto se percibe rápidamente porque muchas de sus tareas están asociadas a vencimientos concretos: cuando un sistema empieza a liquidar o presentar de manera automática, el cambio se nota de inmediato.
Para el Licenciado en Administración, el impacto puede tardar más en hacerse visible. Muchas de sus tareas están vinculadas al análisis y a la elaboración de diagnósticos, estudios de mercado, planes de negocios o tableros de indicadores, trabajos que hoy también pueden ser asistidos por herramientas automáticas. A diferencia de lo que ocurre con las tareas contables, no hay un vencimiento que marque el cambio: muchas veces se nota recién cuando el cliente empieza a necesitar menos de esa intervención profesional.

Nosotros tenemos al contador, al administrador y al economista bajo el mismo techo institucional desde hace décadas, matriculados en la misma entidad. Tenemos ya construido el activo que otros están tratando de armar.

El Economista tampoco está a salvo. Su ventaja histórica fue construir el modelo y leer el dato antes que los demás. Modelar hoy es barato y el dato está en todas partes. Lo que no es barato es saber qué pregunta hacerle al modelo, y eso no figura en ningún programa.
De modo que la pregunta polémica, la que quiero dejar planteada, es: ¿sabemos qué somos?
El mundo profesional está armando, con enorme esfuerzo, equipos multidisciplinarios para poder hacer los trabajos que vienen. Nosotros ya tenemos bajo un mismo techo institucional a contadores, administradores y economistas, matriculados en la misma entidad. Esa integración, que otros hoy buscan construir, forma parte de nuestra estructura desde hace décadas.
Porque la frontera real, la que va a importar de acá en adelante, ya no pasa entre nuestros títulos. Pasa entre procesar y decidir. El desafío para el profesional será dejar de definirse por el título que obtuvo y empezar a hacerlo por el tipo de problema que sabe resolver. Nadie contrata una matrícula: contrata a alguien capaz de hacerse cargo de un problema.
Y este desafío no es solo individual. A la universidad le toca asumir la profunda revisión que requieren los planes de estudio.
A nosotros, como Institución, nos corresponde poner esta discusión en agenda, definir responsables, darle seguimiento y pensar hacia dónde queremos llevar a las Ciencias Económicas. Tenemos una gran oportunidad por delante.
Porque la discusión no es qué le pasa al Contador. Es qué le pasa a las Ciencias Económicas. Y ese debate no lo puede dar un solo título.

 

Una aclaración final

Durante seis años presidí la Delegación Gral. Pueyrredon. En las actas de mi gestión figuran jornadas y debates sobre estos temas, que incluso estuvieron presentes en el orden del día, aunque no llegaron a convertirse en acciones concretas.
No lo digo como acto de contrición, sino porque conozco el mecanismo desde adentro y sé que no se trata de negligencia: es el orden del día apretado, donde lo urgente desplaza a lo importante. Nadie se equivoca de manera espectacular: se llega tarde de a poco, con excelente redacción y quórum suficiente.
El contador de 1990 no sabía que estaba atravesando una transición: se dio cuenta después, al mirar qué había dejado de hacer. Al profesional de 2005 le pasó lo mismo. Nosotros, en cambio, lo sabemos mientras ocurre. Esa es la ventaja que tenemos sobre ellos, y probablemente la tengamos una sola vez.

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