Realidad Profesional | Revista del Consejo Profesional de Ciencias Económicas de la Provincia de Buenos Aires y su Caja de Seguridad Social
Una parte significativa de la jornada profesional se consume en tareas mecánicas que no requieren juicio experto. La inteligencia artificial permite delegar buena parte de esa carga operativa, siempre que se aprenda a formular instrucciones precisas. En esta nota, los Dres. Bruno Cangemi y Nicolás Porzio Fazio analizan los componentes que integran una instrucción efectiva, los tres niveles de aplicación de la IA en un estudio y los recaudos necesarios en materia de verificación, secreto profesional y responsabilidad.
Existe la sensación de que la inteligencia artificial constituye un universo inabarcable, con herramientas que se renuevan cada semana y un vocabulario técnico que cambia más rápido de lo que puede leerse. La sensación es razonable, pero conduce a una conclusión equivocada: que hace falta dominarlo todo antes de empezar.
No necesariamente es así: con aprender a usar bien una sola herramienta ya se tiene buena parte del camino recorrido, porque los principios se transfieren entre plataformas. Quien aprendió a trabajar con seriedad con un asistente conversacional puede migrar a otro en tan solo una tarde.
La pregunta relevante, entonces, no es cuál herramienta usar, sino qué problema se pretende resolver con ella.
El déficit del profesional en Ciencias Económicas no es de formación técnica, sino de tiempo disponible. Una proporción considerable de la jornada se consume en tareas que no demandan criterio experto: conciliaciones, carga manual de comprobantes, armado recurrente de un mismo informe, respuestas a correos que se repiten con distintos destinatarios.
Ese es el punto exacto donde esta tecnología tiene algo para ofrecer. No viene a interpretar una norma ni a definir un criterio de imputación: viene a absorber la carga operativa y a devolver capacidad analítica.
La distinción es importante porque ordena las expectativas. El modelo procesa volúmenes masivos de datos a alta velocidad. El profesional aporta el juicio, la interpretación normativa y el consejo estratégico. Son funciones complementarias, no sustitutas.
La inteligencia artificial no reemplaza al director de orquesta, sino que amplifica la orquesta. Quien sabe qué pedir sigue siendo quien conduce, y esa es precisamente la habilidad que la profesión ya tiene desarrollada.
En este punto reside el aprendizaje central, y es también el más subestimado. La calidad de la respuesta será siempre proporcional a la robustez de la instrucción de entrada (cómo le “hablamos” a la IA). No se trata de un proceso mágico sino de un diseño iterativo: el primer intento rara vez resulta satisfactorio, y eso no constituye una falla del sistema sino su modo de funcionamiento habitual.
Una instrucción bien construida contempla seis componentes. No es obligatorio utilizarlos todos en cada consulta, pero conviene tenerlos presentes:
A estos componentes conviene sumar tres reglas prácticas de aplicación general.
La primera: formular en positivo rinde más que prohibir, ya que resulta más eficiente indicar qué debe hacerse que enumerar lo que no.
La segunda: cuantificar siempre. La indicación "hacelo breve" carece de significado operativo; "máximo cinco viñetas de una línea", no.
La tercera: descomponer los procesos complejos en pasos secuenciales en lugar de solicitar el resultado completo en una sola instrucción.
Existe además una técnica documentada que mejora sensiblemente la precisión: solicitar al modelo que explicite su razonamiento paso a paso antes de arrojar el resultado final. El impacto es particularmente notorio en tareas que involucran cálculo o lógica encadenada.
Las posibilidades de uso en un estudio pueden ordenarse en tres escalones de complejidad creciente.
Este segundo nivel es, a nuestro entender, el de mayor impacto inmediato en la práctica profesional, porque es donde el ahorro de tiempo se vuelve medible desde la primera semana.
Hoy es posible describir en lenguaje corriente qué debe hacer una aplicación (un simulador de retenciones, una calculadora de un régimen específico, un tablero de control interno) y obtener una versión funcional. Luego se prueba, se solicitan ajustes en los mismos términos y se corrige. Ese ciclo reemplaza lo que antes exigía contratar desarrollo externo.
Por caso, en un seminario dictado en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de La Plata, estudiantes sin formación previa en programación desarrollaron en pocas semanas tres aplicaciones funcionales.
La primera es una plataforma de microlecciones financieras (estilo Duolingo) donde la evaluación no se resuelve por opción múltiple sino explicando con palabras propias. La segunda es un test de perfil de inversor (con 11 arquetipos distintos) que detecta sesgos de comportamiento en lugar de encasillar en categorías estáticas. La tercera registra gastos a partir de un mensaje de voz y los convierte en datos estructurados dentro de un tablero visual, de muy fácil acceso.
La pregunta aparece inevitablemente en cualquier capacitación, y no existe una respuesta universal. Los modelos evolucionan demasiado rápido y el resultado depende de la tarea. Sin embargo, Claude, desarrollado por Anthropic, se encuentra actualmente entre los líderes, particularmente en programación, razonamiento y ejecución autónoma de tareas complejas.
Su diferencial no está únicamente en la calidad del modelo, sino en el ecosistema construido alrededor de él. La evolución permite entender hacia dónde se dirige la inteligencia artificial: de conversar con una herramienta a delegarle trabajo.
Claude, en su formato tradicional, funciona como el asistente conversacional conocido: se formula una consulta, se proporciona información y se obtiene una respuesta.
Claude Cowork da un paso adicional. Está pensado para el trabajo profesional y permite que Claude opere sobre un espacio de trabajo de la computadora seleccionado por el usuario. En lugar de limitarse a explicar cómo ordenar una carpeta, analizar documentos o preparar un informe, puede ejecutar una secuencia de acciones sobre esos archivos. Es decir, recibe un objetivo, planifica los pasos necesarios y trabaja sobre el material disponible para producir un resultado.
Claude Code lleva ese concepto todavía más lejos. Nació como una herramienta para desarrolladores que trabaja directamente sobre una carpeta o proyecto: puede leer archivos, comprender cómo están relacionados, modificarlos, ejecutar comandos, realizar pruebas y corregir errores. Lo relevante para un profesional que no programa es lo que representa esa capacidad: hoy puede describirse en lenguaje corriente qué debería hacer una herramienta y trabajar junto con la inteligencia artificial para construirla, probarla y corregirla.
Por eso, quizás la discusión más interesante ya no sea cuál modelo responde mejor. La nueva competencia consiste en determinar cuál es capaz de comprender un objetivo, utilizar herramientas y llevar una tarea hasta su resultado final con la menor intervención humana posible. En ese terreno, Claude se encuentra actualmente entre las referencias de la industria.
La evolución reciente de estas herramientas incorporó una capa adicional. El asistente ya no se limita a recibir una consulta y devolver una respuesta: puede trabajar dentro de entornos específicos, conservar procedimientos y producir resultados que exceden el formato tradicional de una conversación.
Esa evolución ya se traduce en funciones concretas que cambian la forma de trabajar con estas herramientas. Algunas permiten construir resultados fuera del chat, otras conservar procedimientos y otras operar directamente dentro de los entornos de trabajo habituales.
Artifacts. Permiten separar el resultado del intercambio conversacional. Un documento, una visualización, un tablero o incluso una pequeña aplicación puede generarse en un espacio propio, modificarse de manera iterativa y reutilizarse posteriormente. El cambio parece menor, pero modifica la lógica de uso: la conversación deja de ser necesariamente el producto final y pasa a ser el medio para construirlo.
Skills. Son conjuntos de instrucciones, recursos y procedimientos que permiten enseñarle al asistente una determinada forma de realizar una tarea. En lugar de explicar nuevamente en cada conversación cómo debe prepararse un informe, qué estructura utilizar o qué controles efectuar, ese procedimiento puede quedar definido para usos posteriores. En términos prácticos, supone pasar de indicarle a la inteligencia artificial qué hacer en cada oportunidad a establecer previamente cómo debe trabajar frente a determinado tipo de tarea.
Integración con Excel y Word. El siguiente paso consiste en incorporar el asistente dentro de las herramientas donde el trabajo ya ocurre. En Excel, esto permite analizar un libro, interpretar fórmulas, crear o modificar hojas y trabajar directamente sobre sus datos. La misma lógica comienza a extenderse a Word y al resto de las aplicaciones de oficina.
La diferencia respecto de cargar un archivo en una conversación es relevante. En aquel caso, el documento constituye un dato de entrada. En este nuevo esquema, la inteligencia artificial comienza a operar dentro del propio entorno de trabajo. La frontera entre utilizar una herramienta y trabajar junto con ella se vuelve, de ese modo, cada vez menos evidente.
Sería incompleto exponer las posibilidades sin dedicar espacio equivalente a sus riesgos, particularmente en una profesión donde la responsabilidad es personal e indelegable.
Durante la capacitación, un colega tomó la palabra para relatar que cuando inició su ejercicio profesional las computadoras no existían y que, cuando llegaron, varios de sus compañeros se negaron a incorporarlas. No fue por resistencia caprichosa: calculaban efectivamente más rápido a mano.
El relato ilustra con precisión el momento actual. Toda tecnología con capacidad de transformación comparte el mismo obstáculo inicial: al principio vuelve más lento a quien la adopta. Ese es el punto en el que la mayoría abandona y regresa al método conocido.
La recomendación práctica, entonces, es acotada. Conviene seleccionar una única tarea, la más repetitiva del mes, y destinarle una hora a resolverla con la herramienta, asumiendo que ese primer intento resultará menos eficiente que el procedimiento habitual. La segunda vez el rendimiento se equipara. La tercera, el tiempo se reduce de manera sustancial. A partir de allí el mecanismo se replica sobre otras tareas sin necesidad de volver a aprenderlo.
La curva de aprendizaje se paga una sola vez; sin embargo, el método manual se paga todos los meses.
1. OpenAI. Mejores prácticas de ingeniería de prompts para ChatGPT. Guía introductoria para formular instrucciones claras, aportar contexto, delimitar tareas y trabajar de manera iterativa.
2. FACPCE – CENCyA. Informe N.º 25: Aplicación de nuevas tecnologías en el trabajo del auditor.Aborda la incorporación de automatización, análisis de datos y otras herramientas tecnológicas en la práctica profesional.
3. IESBA. Emerging Technologies: A Characteristics-Based Approach to Ethical Considerations for Professional Accountants.Documento orientado específicamente a las implicancias éticas que plantea el uso de tecnologías emergentes por parte de profesionales en Ciencias Económicas.
4. NIST. Artificial Intelligence Risk Management Framework: Generative Artificial Intelligence Profile (NIST AI 600-1). Marco de referencia para identificar y gestionar riesgos asociados con el uso de inteligencia artificial generativa.
5. FACPCE. Código de Ética Unificado para Profesionales de Ciencias Económicas – Resolución N.º 204/00. Referencia fundamental para analizar los deberes de confidencialidad, secreto profesional, objetividad e integridad frente al uso de nuevas herramientas tecnológicas.
Los contenidos que se publican son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no expresan necesariamente el pensamiento de los editores.
