Realidad Profesional | Revista del Consejo Profesional de Ciencias Económicas de la Provincia de Buenos Aires y su Caja de Seguridad Social
La inteligencia artificial ya asiste en tareas de comercio exterior: clasificación arancelaria, valoración de mercaderías y control documental. El riesgo no está solo en que la herramienta se equivoque, sino también en no poder reconstruir después el criterio que llevó a tomar una decisión determinada. Un error puede generar diferencias de derechos, cargos suplementarios y demoras en el despacho; la falta de trazabilidad, dificultar su defensa ante una fiscalización posterior. En esta nota, los autores presentan un caso concreto para mostrar qué aporta la TRIA y explican por qué el control ya no se detiene en la frontera física.



Cualquier estudio contable que trabaja en comercio exterior conoce la rutina: clasificar una posición arancelaria, calcular la valoración en aduana, verificar que la documentación sea consistente antes de presentar el despacho. Son tareas en las que la inteligencia artificial ya se introdujo: sugiere la nomenclatura, cruza bases de datos y señala discrepancias entre la factura y el packing list en minutos, cuando antes esa revisión podía llevar horas.
El problema aparece cuando algo se cuestiona seis meses después y nadie puede explicar con precisión por qué se eligió esa posición arancelaria y no otra.
Un despachante de Aduana trabaja en la importación de un lote de maquinaria usada para un cliente, utilizando un sistema de IA para sugerir la clasificación arancelaria a partir de la ficha técnica del equipo. El sistema propone una posición con un derecho de importación determinado; el profesional revisa la sugerencia, detecta que la ficha técnica incluye un accesorio que cambia la clasificación correcta, ajusta la posición y presenta el despacho con la corrección.
Sin registro de ese proceso, si la Aduana observa la clasificación en una fiscalización posterior, el despachante no tiene cómo demostrar que hubo una revisión profesional activa: solo puede mostrar el resultado final. La discusión se vuelve más difícil de sostener, aunque la posición adoptada haya sido correcta.
Con TRIA, el expediente queda documentado en tres niveles: qué propuso el sistema, qué corrigió el profesional y con qué fundamento técnico, y la posición final adoptada. Ante una fiscalización, hay algo concreto para mostrar; no solo un resultado, sino el criterio que lo sostiene.
En comercio exterior, los errores pueden tener consecuencias inmediatas: diferencias de derechos, cargos suplementarios y demoras en el levante de la mercadería. A esto se suma que la Aduana puede pedir explicaciones meses o años después de la operación original. Para entonces, si nadie registró el proceso, reconstruirlo de memoria no es una opción seria.
La TRIA -Trazabilidad, Razonamiento, Inteligencia Artificial, Auditoría-, metodología que presentamos en nuestra edición anterior (registrada en Argentina, DNDA Legajo N.º RL-2026-46255181), resuelve exactamente esto: documenta la intervención del sistema, el criterio profesional aplicado sobre esa intervención, y deja el proceso completo disponible para cualquier revisión posterior. No frena el uso de la herramienta, sino que asegura que, cuando haga falta explicar una posición, haya algo más que la memoria para respaldarla.
Vale una aclaración que excede el caso puntual. El control aduanero fue, durante mucho tiempo, el ejemplo más literal de "controlar el territorio": una mercadería cruza una línea, y ahí se ejerce la fiscalización. Hoy ese control se apoya cada vez más en sistemas que cruzan información de manera automática y transfronteriza. Es un fenómeno que el abogado Gilberto León Santamaría viene trabajando bajo el concepto de panóptico fiscal digital: la idea de que el control efectivo ya no depende solo de la frontera física, sino de la infraestructura digital que conecta datos a través de ella.
Es una discusión que recién empieza, pero que confirma algo que este espacio viene sosteniendo: la trazabilidad no es un requisito burocrático más. Es la condición para que las decisiones adoptadas en un entorno de control cada vez más automatizado puedan reconstruirse, fundamentarse y defenderse.
No hace falta infraestructura nueva para empezar. Alcanza con un hábito simple. Cada vez que un sistema de IA sugiera una clasificación, una valoración o cualquier posición técnica, hay que guardar tres registros: qué propuso el sistema, qué se corrigió y por qué, y cuál fue la versión final adoptada. Ese registro mínimo es, en esencia, la TRIA funcionando.
La automatización sin trazabilidad no es modernización. Es riesgo diferido.
Esta nota es una continuación de la publicada en la edición N° 152 de la revista RePro Digital, donde se presentó la metodología TRIA en profundidad y su instrumento de diagnóstico, MDMA-TRIA. Podés acceder a ella haciendo clic acá.
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