Realidad Profesional | Revista del Consejo Profesional de Ciencias Económicas de la Provincia de Buenos Aires y su Caja de Seguridad Social
Tener buenos ingresos o un patrimonio importante no garantiza unas finanzas familiares saludables. La falta de liquidez, los gastos desordenados y las deudas acumuladas pueden comprometer la estabilidad económica. Para evitarlo, es fundamental planificar el presupuesto, distinguir entre ahorro y capacidad de gasto, y conocer el costo real del crédito antes de endeudarse. En esta nota, el Dr. Juan Alberto Greco propone herramientas para organizar los ingresos, evaluar las deudas y elegir estrategias para cancelarlas, con el objetivo de construir una economía familiar más ordenada y sostenible.
Dr. Juan Alberto Greco
Contador Público
Durante décadas, el comportamiento financiero de las familias en la Argentina ha respondido a un reflejo condicionado por la alta inflación: desprenderse de los pesos transaccionales, stockearse de mercadería o dolarizarse bajo el colchón. Sin embargo, en un escenario de desinflación, estabilidad cambiaria relativa y tasas reales en juego, la gimnasia del consumo inercial ha comenzado a mostrar severos límites patrimoniales.
Recordemos que a pesar de que el dinero fiduciario carece de anclaje intrínseco, a los argentinos nos obsesiona ahorrar en dólar billete. Sin embargo, cuando la masa monetaria (M2) crece más rápido que la producción de bienes (PIB), la abundancia de papeles diluye el poder adquisitivo y nos afecta el ahorro. Esta situación, que antes pasaba inadvertida, hoy se ha acelerado al punto de hacer peligrar el patrimonio familiar.
El principal sesgo cognitivo es asumir que el dólar billete carece de riesgo. La evidencia demuestra que el dólar inactivo sufre la degradación de la inflación internacional, acumulando una pérdida real cercana al 35% en los últimos diez años. Entonces, guardar dólares genera una falsa sensación de protección; para quitarnos este preconcepto, conviene pensar que dicha situación es equivalente a guardar lingotes de hielo en una caja fuerte sin refrigerar: su derretimiento es inevitable y habrá que pensar en algo para defenderlos.
Y es que mientras el dólar libre real retrocedió un -23% y las propiedades locales un -18% en dólares (un departamento en La Perla, Mar del Plata, cayó de USD 150k a USD 130k), en contraste, los activos reales mostraron expansión: el oro trepó un +228% en dólares y el S&P 500 un +167%.
Ante la emisión global, la única cobertura válida consiste en pasar de la tenencia pasiva de billetes a la titularidad de activos reales.
Si las familias no elaboran un plan financiero, corren el riesgo de planificar su propio fracaso: la actualidad exige prolijidad, bajo pena de pagar un costo muy alto.
Como primera medida debemos diferenciar el ordenamiento financiero (liquidez de corto plazo) del Orden Económico (patrimonio neto a largo plazo). Es habitual ver familias con buenos ingresos en crisis por falta de liquidez, o propietarios de inmuebles sin dinero para gastos corrientes.
Para superar este descalce, el presupuesto requiere un mapa de liquidez automatizado que considere ingresos y egresos en sus diferentes categorías.
Nuestra sugerencia para mitigar y simplificar una tarea que puede ser tediosa para muchos es generar una matriz que separe los ingresos en una proporción de 50% - 30% - 20%, siguiendo una pauta clara para su distribución:
Para evitar la trampa del «pozo ciego» —cuando todo el sueldo queda en una sola cuenta y se confunde el saldo total con la capacidad de gasto— y reducir la necesidad de llevar un control diario excesivo, proponemos una arquitectura financiera con diferentes cuentas bancarias y billeteras, por ejemplo:
El crédito es una herramienta neutral cuyo valor depende de su destino y del impacto que tenga en nuestras finanzas. La “Deuda Buena” financia bienes de capital, herramientas de trabajo, capacitación o sustitución de alquileres por crédito hipotecario (donde la cuota amortiza un activo real); son deudas que pueden contribuir a generar ingresos o disminuir egresos. Por otro lado, la “Deuda Mala” financia gastos de consumo corriente que exceden la capacidad de pago y ocasionan mayores gastos.
Independientemente del destino de la deuda, las familias deben tener en cuenta un límite de seguridad que no condicione su futuro financiero: las cuotas comprometidas no deben superar el 30% del ingreso familiar neto. Incluso, sugeriría no superar el 20% para mantener un margen adicional de seguridad ante una eventual caída de los ingresos.
Pero lo importante es reconocer el impacto real que tiene tomar una nueva deuda; el mayor riesgo radica en la ilusión nominal de la TNA publicitaria. Debe exigirse siempre el Costo Financiero Total (CFT), expresado como tasa efectiva anual, que contempla los intereses y los cargos asociados a la operación, como comisiones, seguros y otros gastos, según corresponda.
Al comparar el costo del préstamo con los ingresos que esos fondos podrían generar, puede observarse un fuerte descalce: será muy difícil obtener lo suficiente para cubrir los intereses asumidos. Ni hablar de financiar saldos recurrentes pagando solo el mínimo de la tarjeta de crédito.
Diría que, en este contexto de préstamos con tasas de interés reales, la premisa debe ser salir de las deudas existentes mediante una estrategia que nos permita sentir que avanzamos: ya sea cancelando primero la deuda con mayor CFTEA o comenzando por las deudas más pequeñas para obtener victorias psicológicas rápidas.
Las finanzas personales trascienden el cálculo algebraico: representan un cambio conductual que reemplaza la reacción inercial por la planificación estratégica. En este escenario, los profesionales matriculados en Ciencias Económicas estamos llamados a asumir un rol protagónico como asesores patrimoniales de confianza para las familias y comerciantes de nuestras comunidades. Brindar claridad técnica, desarmar trampas de endeudamiento y guiar la inversión en activos reales es el aporte profesional más valioso para consolidar la tranquilidad y el bienestar económico de la sociedad.
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