Realidad Profesional | Revista del Consejo Profesional de Ciencias Económicas de la Provincia de Buenos Aires y su Caja de Seguridad Social
Un cliente puede llegar a la primera reunión convencido de que necesita hacerse monotributista o constituir una sociedad, pero no existe una respuesta que sirva para todos. La actividad, los costos, la jurisdicción y la forma en que organizará su actividad pueden cambiar por completo la decisión. Preguntar antes de inscribir permite comparar alternativas, anticipar contingencias y darle al proyecto una estructura adecuada desde el inicio. En esta nota, la Dra. Miriam Roldán repasa qué conviene relevar en esa primera entrevista y por qué escuchar también es parte del asesoramiento profesional.
Casi todos recordamos a nuestro primer cliente. “Hola, quiero empezar mi empresa”. Detrás de esa frase había muchas preguntas que todavía no sabía formular: ¿cómo me inscribo?, ¿solo o con alguien?, ¿cuánto voy a pagar? La primera entrevista es el momento en que el profesional convierte ese entusiasmo en un proyecto ordenado y un trámite en asesoramiento: la figura jurídica que se elija y el régimen en el que se inscriba el cliente van a definir su carga tributaria, sus obligaciones y su nivel de riesgo durante años.
Por eso, la primera reunión no es un formulario que se completa. Es una conversación guiada, con preguntas precisas, en la que el contador escucha, ordena la información y explica las alternativas. De esa conversación depende también algo que no figura en ninguna norma, pero sostiene todo el vínculo: la confianza.
Antes de hablar de impuestos conviene dejar que el cliente cuente su proyecto con sus palabras: qué quiere hacer, cómo lo imagina, qué lo preocupa. Esa primera exposición revela datos que después no aparecen en un cuestionario: si ya empezó a facturar, si tiene un socio “de palabra”, si piensa vender por redes o si recibió un consejo equivocado de un conocido.
Escuchar no es solo cortesía. Es la forma de detectar lo que el cliente da por sentado pero que para nosotros es decisivo.
Muchas veces el cliente llega con una respuesta ya elegida: “quiero facturar y un amigo me dijo que me haga monotributista”. El consejo puede haber sido bueno para el amigo, con otra actividad, otros clientes y otros costos. Nuestro trabajo es mostrar que cada caso es distinto y que lo que se decide en esa primera reunión tiene consecuencias durante años.
Cada respuesta es una variable de la decisión. Agruparlas por temas ayuda a no olvidar ninguna:
Con esa información el profesional puede analizar las alternativas junto al cliente: persona humana o sociedad y, dentro de cada opción, el régimen que corresponda. El monotributo está reservado a personas humanas y sucesiones indivisas (Ley 24.977, Anexo, art. 2), de modo que la elección de la figura condiciona el régimen. Si el cliente piensa trabajar con otros, también hay que definir si serán socios, empleados o colaboradores independientes en los términos del art. 97 de la Ley 27.742.
El mensaje central para el cliente es que no hay una respuesta universal. Dos personas con el mismo ingreso pueden tener una carga tributaria muy diferente según la actividad, sus costos, el tipo de cliente y la jurisdicción. Un ejemplo: en la venta de bienes, bajo el Régimen Simplificado para pequeños contribuyentes, el IVA de las compras se convierte en un mayor costo, y ese factor por sí solo puede hacer que el Régimen General resulte más conveniente. Mostrar al cliente una comparación con sus propios números vale más que cualquier explicación teórica.
Detrás del deseo “quiero empezar mi empresa” hay una serie de definiciones técnicas que conviene recorrer una por una con el cliente:
Hay temas que el cliente no conoce y que, si nadie se los explica, lo exponen a costos y contingencias evitables:
Bancarizar desde el inicio, cumplir en término y definir bien las obligaciones como agente no son formalidades: protegen al cliente y a su proyecto.
La experiencia muestra algunos errores que se repiten y que una buena entrevista permite evitar:
A su vez, la primera entrevista es el momento de armar el legajo. En determinadas actividades específicas y cuando actúa como auditor, el Contador Público es Sujeto Obligado ante la Unidad de Información Financiera (Res. UIF 42/2024) y debe aplicar políticas de debida diligencia: identificar al cliente, a su beneficiario final y verificar su condición de persona expuesta políticamente. Aun cuando esa obligación no resulte aplicable, pedir la documentación y entender el origen de los fondos es una buena práctica que protege al profesional.
En esa misma instancia conviene formalizar el alcance del trabajo con una carta de encargo y una propuesta de honorarios por escrito: qué servicios se prestan, qué documentación debe aportar el cliente, en qué plazos y qué aspectos quedan fuera de su alcance.
Las preguntas correctas no alcanzan si el cliente no entiende las respuestas. Algunas pautas que en la práctica marcan la diferencia:
La confianza no se declara: se construye con coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, con respuestas a tiempo y la honestidad de decir “esto no me corresponde a mí” cuando el tema excede nuestra incumbencia.
La planificación fiscal no es un servicio adicional ni un lujo de empresas grandes: es analizar, en el marco de la normativa vigente, las alternativas que la ley prevé para el proyecto y anticipar sus consecuencias tributarias, para que el cliente decida con información. Cuando el contador participa desde el inicio, el cliente no solo evita contingencias: gana previsibilidad sobre cuánto va a pagar y puede calcular sus precios. Por eso no somos quienes “hacemos el trámite”; somos parte del proyecto desde la primera reunión.
La primera entrevista define mucho más que un alta. Determina cuánto va a pagar el cliente, qué riesgos va a asumir y, sobre todo, qué tipo de relación va a tener con su contador. Preguntar bien, escuchar con atención y explicar con claridad son herramientas técnicas tan importantes como conocer la norma. Esa es una labor que el cliente debe percibir, porque es una de las que más valor le aporta: el contador que pregunta bien en la primera reunión evita errores que después cuestan tiempo, dinero y tranquilidad.
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