Terminaba la década del 80. La democracia había ganado la prioritaria pulseada política pero lejos estaba de doblegar la adversidad económica. Hiperinflación, incertidumbre y altas tasas de interés volvieron privativo el financiamiento tradicional en las entidades bancarias. En ese marco, el Consejo Profesional decidió ofrecer a los recién matriculados una línea de créditos de iniciación y para la compra de bienes muebles a tasas convenientes y mínimos requisitos. 

Querer liberarse

Desde Mar del Plata, la Dra. Ramona Marcelina Maestromey recuerda con alegría aquellos años. Graduada de contadora pública en la Universidad Nacional de su ciudad en 1984, decidió matricularse 3 meses después y con una colega armar un estudio propio. “No tenía nada. Terminé de estudiar y estaba en mi casa. Con una colega abrimos un estudio y lo equipamos de a poco”, recuerda la Dra. Maestromey.

Para ello gestionó un crédito en el Consejo Profesional para la adquisición de bienes muebles que le fue adjudicado en junio de 1988. “Tener el estudio propio es otra forma de ejercer la profesión, pero equiparlo cuesta”, afirma la contadora pública que con el préstamo obtenido compró lo básico para empezar.

La Dra. Ramona M. Maestromey (Mar del Plata) junto a las primeras máquinas que tuvo en su estudio

Como si fuera el estribillo de “I want to break free”, uno de los éxitos de Queen que las radios replicaban por doquier, resuena en su memoria aquella calculadora con rollo de papel donde después hacía anotaciones al margen. “Insumos de otra época; hoy estoy sentada en mi escritorio con dos computadoras”, compara pero admite: “Me costó el cambio de tecnología; pensé que no iba a adaptarme nunca”.

Enamorada de su profesión, colega matriculada en la Delegación Gral. Pueyrredon asegura: “Para mí era bárbaro, te recibís, salís a trabajar, tenés trabajo. No hay nada más maravilloso que trabajar de manera independiente. Todo lo que viví en el estudio me pareció fantástico”. Luego concluye: “Yo soy de las que piensa que el Consejo es mi casa, desde el primer día. Siempre fue una ayuda”.

Tener el estudio propio es otra forma de ejercer la profesión, pero equiparlo cuesta
Dra. Ramona Marcelina Maestromey
El Dr. Carlos D. Barbagallo compró su primera computadora gracias a un crédito del Consejo.

El tiempo nuevo

“Estábamos en una época difícil, había una gran crisis económica con hiperinflación y tasas de interés muy altas. No había líneas de créditos disponibles”, rememora desde La Plata, el Dr. Carlos Daniel Barbagallo. Se recibió de contador público en mayo de 1989 cuando Raúl Alfonsín se disponía a entregar el bastón de mando en la primera sucesión democrática después de décadas; se matriculó en el Consejo Profesional en octubre -con Carlos Menem ya en el poder- y en febrero de 1990 le fue entregado un crédito de iniciación cuando tenía 27 años y la convertibilidad todavía era solo un proyecto.

Usamos el crédito para comprar una de las primeras computadoras, con 164 kb de memoria, que venían sin monitor y en su lugar se usaba un televisor
Dr. Carlos Daniel Barbagallo

“A través del Consejo y la Caja pudimos obtener un crédito beneficioso que nos dio una mano para comenzar”, explica el Dr. Barbagallo y agrega: “Lo usamos para comprar una de las primeras computadoras, con 164 kb de memoria, que venían sin monitor y en su lugar se usaba la pantalla de un televisor”.

Si no alcanzaba para comprar otro TV, entonces se sacrificaba el aparato que estaba en el living para convertirlo en bien de la oficina. Por esos días solo la señal de Canal 7 quedaba en manos del Estado; las demás señales de televisión por aire (2, 9, 11 y 13) se privatizaron y las grandes empresas de comunicación se convirtieron entonces en multimedios. “Fuga y misterio” de Astor Piazzolla presentaba al periodista Bernardo Neustadt que hacía su aparición en Telefe.

Aquella computadora la instaló en una oficina dentro del taller metalúrgico que era de su padre y allí comenzó su “tiempo nuevo”. “Como le sucede a todo profesional que recién empieza, la escasez de recursos es una constante, pero el crédito se pudo terminar de pagar y dio su resultado”, concluye el Dr. Barbagallo.

El Dr. Félix I. Acha, su equipo y una vieja máquina de escribir que asoma detrás y completa el plantel.

Volver a empezar

Aquellos créditos, como los de hoy, no solo estaban destinados a alentar a los colegas a dar los primeros pasos en la profesión, sino que también buscaban servir de plataforma para los que necesitaban una ayuda extra.

El Dr. Félix Ismael Acha se matriculó en 1968 a sus jóvenes 27 años y para 1989 ya acumulaba años de experiencia al frente de un estudio contable en la ciudad de Dolores. Pero en ese momento necesitó de una mano y el Consejo se la tendió aprobando el crédito para la adquisición de bienes muebles que había solicitado.

Todavía internet no existía, había que acercarse a la Delegación o Receptoría para hacer el trámite
Dr. Félix Ismael Acha

“Me permitió adquirir algo que me hacía falta y no tenía el efectivo para comprarlo”, recuerda el profesional ahora jubilado.

Por esos años la antigua DGI implementó regulaciones más fuertes y las empresas requerían de mayor asesoramiento profesional y éstos de mayor infraestructura para atender las demandas. “Todavía internet no existía, había que acercarse a la Delegación o Receptoría”, aclara el Dr. Acha. En sus mostradores se despejaban dudas acerca de los créditos que se difundían en las revistas y boletines que el Consejo distribuía por esos años.

“Después en otras oportunidades saqué otros créditos, incluso saqué uno hace unos meses”, comparte el profesional y agrega: “Me descuentan la cuota directamente de la jubilación por lo que me olvido de recordar pagarlos”.

Los tiempos cambiaron, ahora los trámites son caracteres, las calculadoras están en los teléfonos y las máquinas de escribir en los depósitos de chatarra; los archivos ocupan megas en la nube en lugar de biblioratos en estantes; pero los créditos siguen estando para los que quieren dar un giro en su vida y hacer soñadas sus realidades.


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