¿Implica este cambio de paradigma, la transición de una economía “marrón” a una economía “verde”, un freno al desarrollo y al crecimiento económico? La respuesta, según varios analistas, es no.

Se propone a los biohidrocarburos y el hidrógeno, en lugar del carbón. Pero otro de los puntos claves, tal vez el mayor, del impulso post-pandémico de un modelo verde y sustentable, es la incorporación de tecnologías a las áreas laborales. Menor gasto de energía, menor costo y mayor productividad es lo que promete la llamada Industria 4.0 de aquí al futuro.

Se da paso, entonces, a la llamada “Industria 4.0” en donde comienzan a cobrar una especial preponderancia la robótica, la inteligencia artificial, la nanotecnología y las tecnologías cognitivas, entre otras cosas. Algunos analistas llaman a la implementación de este nuevo concepto una especie de “cuarta revolución industrial”.

El sector de las energías renovables, por ejemplo, atrajo inversiones a la Argentina por más de US$ 6.500 millones entre 2015 y 2019 y, según proyecciones de la Cámara de Energías Renovables, podría crear unos 60.000 nuevos puestos de trabajo en los próximos años.

Seguramente la pregunta que más se ha hecho y que menos tenga aún respuesta es cuál será el curso de la economía, a nivel nacional y mundial, luego de la pandemia. La recesión económica que trajo aparejada el COVID-19 no tiene precedentes en la historia moderna, y no son pocos los especialistas que manifiestan que las condiciones coyunturales favorecen a un cambio radical en algunos modelos productivos y económicos.

La pandemia desnudó, entre muchas otras cosas, que la economía “marrón” genera un consumo energético que no se condice ni justifica sus resultados. No es novedad que, desde la Revolución Industrial, el mundo consumió cada vez más energía para sus producciones. Pero en la década de 1970, tras la crisis del petróleo, esos niveles de consumo se duplicaron. Y si bien ese consumo se tradujo, a lo largo de los años, en desarrollo macroeconómico en varios puntos del globo terráqueo, ha tenido también consecuencias devastadoras en términos ambientales y referencias más que discutibles en términos sociales y de igualdad. ¿Implica este cambio de paradigma, la transición de una economía “marrón” a una economía “verde”, un freno al desarrollo y al crecimiento económico? La respuesta, según varios analistas, es no.

El presidente de la Fundación de Tendencias Económicas, con sede en Washington, Jeremy Rifkin, pasó gran parte de su vida estudiando las posibilidades de una economía eficaz con menos impacto en el medio ambiente. “La respuesta está en promover una economía sostenible post-carbono, un cambio de paradigma para el que es necesario el desarrollo de nuevas tecnologías de la comunicación, nuevas fuentes de energía y nuevos medios de transporte”, manifiesta. Entre esas nuevas fuentes de energía, Rifkin propone a los biohidrocarburos y el hidrógeno, en lugar del carbón.

Pero otro de los puntos claves, tal vez el mayor, del impulso post-pandémico de un modelo verde y sustentable, es la incorporación de tecnologías a las áreas laborales. Menor gasto de energía, menor costo y mayor productividad es lo que promete la llamada Industria 4.0 de aquí al futuro.

 

Industria 4.0: El futuro ya llegó

Se da paso, entonces, a la llamada “Industria 4.0” en donde comienzan a cobrar una especial preponderancia la robótica, la inteligencia artificial, la nanotecnología y las tecnologías cognitivas, entre otras cosas. Algunos analistas llaman a la implementación de este nuevo concepto una especie de “cuarta revolución industrial”,  porque “no solo afectará a los procesos de fabricación, sino que su alcance es mucho más amplio, afectando a todas las industrias y sectores e incluso a la sociedad”. En ese sentido, también se intenta desmitificar aquel argumento de que las nuevas tecnologías implicarían reducir la mano de obra humana. El desarrollo de la industria 4.0 apunta a romper con la heterogeneidad de las tareas y apuesta a la diversificación de roles, a mano de obra calificada no sólo para las tareas conocidas, sino también para nuevos roles. Quienes defienden esta nueva etapa aseguran que, este proceso de desarrollo económico intenta y puede lograr un sistema eficaz con eje en la sustentabilidad pero también en el bienestar del trabajador.

Uno de los cambios más notorios y característica fundamental de las empresas que se embarcan en la industria 4.0 es la eliminación del papel como soporte laboral, ya que este tipo de industria implica la informatización de la fabricación y la transformación digital de la empresa.

¿Implica este cambio de paradigma, la transición de una economía “marrón” a una economía “verde”, un freno al desarrollo y al crecimiento económico? La respuesta, según varios analistas, es no.

El COVID-19 ha obligado a prácticamente todos los rubros a digitalizarse y la recuperación del modelo productivo puede aprovechar la crisis convirtiéndola en una metodología a seguir utilizando. Estadísticas de la consultora Grupo Sothis manifiestan que “para la producción de una tonelada de papel se necesita talar 17 árboles y un consumo energético de 100 hectómetros cúbicos de agua y 7.600 kw de electricidad. Cuando se prescinde de gastar una tonelada de papel blanco se están ahorrando dos toneladas de madera. El ahorro de papel, así pues, no solamente comporta una reducción de costes y, en consecuencia, un incremento de eficiencia y productividad”.

En la Industria 4.0 comienzan a cobrar una especial preponderancia la robótica, la inteligencia artificial, la nanotecnología y las tecnologías cognitivas, entre otras cosas.

¿Qué pasa en Argentina?

A pesar de que muchos de estos conceptos parecen totalmente novedosos, no son pocas las industrias alrededor del mundo, y también en nuestro país, que ya producen bajo este concepto. Cabe destacar, por ejemplo, que en la actualidad, las energías renovables son más baratas en relación a su eficiencia que las de origen fósil. Según un informe de Revista Forbes, “este sector -el de las energías renovables- es clave para ir hacia una economía carbono neutral, atrajo inversiones a la Argentina por más de US$ 6.500 millones entre 2015 y 2019 y, según proyecciones de la Cámara de Energías Renovables, podría crear unos 60.000 nuevos puestos de trabajo en los próximos años”.

Un informe del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) arrojó que, en nuestro país antes de la pandemia, “el grado de difusión de tecnologías 4.0 era muy bajo: menos del 10% contaba con tecnología de cuarta generación en al menos una de las áreas funcionales”. Otro estudio de Microsoft en Argentina obtuvo que, desde que comenzó la pandemia, un 79% de empresas incorporaron algún tipo de esta tecnología.


Una clave: Políticas públicas y una agenda integrada

La Alianza para la Acción Humana Hacia una Economía Verde en Argentina, organismo apoyado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y la Organización Internacional del Trabajo (OIT) elaboró el pasado mes de marzo un informe acerca de la transición en nuestro país hacia este tipo de economías e industrias.

A modo de conclusión, el documento expresa que la agenda para una política de desarrollo sostenible debe estar basada en un enfoque de tipo sistémico y holístico. Esta mirada supone abordar las políticas de manera integral y priorizar las necesidades de coordinación entre los niveles de gobierno (nacional, regional y local) y distintas áreas (producción, empleo, transporte y regulaciones ambientales, entre otras)”.

Por último, destacan, que entre las principales medidas para impulsar la transición ecológica en la producción se debe apuntar, entre otros ejes, hacia

  • El sinceramiento de los precios como estrategia para alcanzar una mejor gestión de los recursos naturales.
  • Una fiscalidad verde.
  • Regulaciones que restrinjan las emisiones.
  • Promoción de un cambio estructural amigable con el medioambiente con, por ejemplo, políticas sectoriales para promover el desarrollo de actividades verdes.
  • Infraestructura para apoyar una transición efectiva.
  • Medidas que promuevan las innovaciones sostenibles y las transferencias de conocimientos para potenciar esta transición.
En Argentina, el uso de energías renovables atrajo inversiones por más de US$ 6.500 millones entre 2015 y 2019 y podría crear unos 60.000 nuevos puestos de trabajo en los próximos años.

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